Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

El valor de la vida: un cumpleaños en la cima del tiempo

 

Hoy, mientras el calendario gira su hoja con discreta solemnidad, el número 57 se posa sobre mi pecho como una medalla invisible. No es de bronce ni de oro, pero sí de instante eterno. Es una cifra que arde con memorias, decisiones, sueños logrados y también cicatrices que se han convertido en amuletos.

 

La vida es un valle y una cima, una lágrima en el ojo de Dios.

 

¿De qué está hecha esta jornada que llamamos "cumpleaños"? ¿Acaso de pasteles y velas? No. Está tejida con los hilos invisibles del tiempo habitado, del amor que dimos y que nos sostuvo cuando temblamos, de los libros que escribimos mientras el mundo dormía, y de los silencios que supimos honrar.

 

Hoy escribo no sólo como autor, sino como hombre renacido en la palabra. Hoy celebro la existencia con una columna que no lleva lisonjas, sino verdades destiladas como el mezcal más fino de Oaxaca.

 

  1. El valor de la vida

 

La vida no vale por lo que cuesta, sino por lo que otorga. No por las monedas que la adornan, sino por las experiencias que nos abren el pecho como un libro sagrado. Vivir es mirar atrás sin resentimiento y hacia adelante con gratitud. La vida es un laboratorio alquímico donde se transforman los errores en aprendizajes, y las derrotas en escalones de lucidez.

 

A los 57 años he entendido que vivir es cultivar el asombro. Que el amor verdadero no exige, sino acompaña. Que el dolor, cuando se acepta, se convierte en maestro. Que la plenitud no está en tenerlo todo, sino en saborear cada pedazo del alma que hemos conquistado con esfuerzo.

 

  1. Reflexiones filosóficas: el alma en tránsito

 

He caminado con Heráclito y con San Juan. He discutido con Pascal bajo la lluvia y he abrazado al Zaratustra de Nietzsche en la cima del Monte Albán. Hoy sé que no hay filosofía más profunda que el amor al otro, ni teorema más cierto que la certeza de que todo cambia.

 

Somos seres intermitentes. Una chispa que danza entre el polvo estelar y la carne. ¿Qué es el tiempo sino un telar donde tejemos el tapiz de nuestras elecciones? ¿Qué es la muerte sino una puerta, no un muro?

 

Vivir —me digo hoy— es aceptar el vértigo de la incertidumbre y aún así atreverse a cantar.

 

III. Amor profundo: mi tesoro inmortal

 

Hoy no puedo escribir sin nombrar al amor.

Ese amor que no se jacta, que no se exhibe, que trabaja en silencio como las raíces de un gran árbol. El amor a mi hijo, a mi familia, a la vida misma… ese amor que se renueva como el sol que vuelve a salir aunque nadie lo celebre.

 

Ese amor que me ha permitido escribir, luchar, defender la justicia, y aún en las madrugadas más frías, mantenerme de pie con la frente alta.

 

Hoy, a los 57 años, puedo decir con serenidad:

he amado sin medida, y por eso he vivido bien.

 

 

  1. Mis logros de este año: lo escrito, lo sembrado, lo conquistado

 

Este año ha sido de revelación y cosecha. He publicado El extraño caso del señor Carballo, una obra que mezcla el absurdo, la crítica, la ironía, pero también la ternura de quien aún cree en la redención. He dirigido columnas, compuesto imágenes, dado discursos, creado símbolos y fábulas que ahora habitan en la mente de muchos.

 

He trabajado como jurista, pero también como soñador. He sido arquitecto de pensamientos y sembrador de palabras. Me he atrevido a escudriñar el pasado papal, a imaginar el futuro de la Iglesia, a revivir códices antiguos y darles voz en esta era digital.

 

También he reído. He jugado. Me he permitido ser niño en el arte y viejo sabio en la meditación.

 

Pero quizás lo más importante:

he seguido creyendo.

 

  1. Una plegaria al porvenir

 

A los que aún creen que la edad es un peso, yo les digo:

la edad es una antorcha.

Cada año suma no arrugas, sino lucidez.

 

Que venga el 58, el 60, el 80.

Que vengan las nuevas páginas, los abrazos inesperados,

las luchas todavía no luchadas.

 

Hoy, 15 de mayo, con el alba oaxaqueña de testigo,

me levanto con esta oración sin templo:

 

Gracias, vida, por no rendirte conmigo.

Gracias, muerte, por no haber llegado.

Gracias, amor, por mantenerme encendido.

Gracias, palabra, por seguir acompañándome.

 

Hoy nazco otra vez. Y esta vez —lo juro—

seré aún más yo.