Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

Fábululas de Urdiales

 

Marcelino y el león Pancho

 

En algún punto entre Periférico y el eje de la desesperanza, en la Ciudad de México, vivía Marcelino, albañil de hueso curtido, velador de obra negra y corazón de cemento fresco. Tenía los ojos tristes y las botas remendadas. Dormía entre costales de cal y sueños rotos, bajo una techumbre de lámina donde ni la luna quería asomarse.

 

Una noche de llovizna densa y patrullas distantes, Marcelino escuchó un rugido. No un alarido humano, ni el rechinar de los fierros robados, sino un rugido de selva confundida, una tormenta encerrada en un solo pulmón: un león.

 

Lo vio entre los andamios: enorme, dorado y sangrando. Pancho, así se sabría después, era el león escapado de la mansión del senador-narco Teodoro Sayonara “el Pulcro” Berruecos, quien tenía jaulas con jaguares, avestruces amaestradas, y una jauría de notarios amañados.

 

Pancho había saltado la barda perimetral, llena de reiletes de bisturí, esas hojas metálicas tan filosas como el cinismo del dueño, y se había abierto la pata. Dicen que huyó porque no soportó la música de banda a todo volumen ni los banquetes de políticos corruptos con perfume de azufre.

 

Marcelino, que primero se petrificó del susto —como todos los que viven espantados de la “maña” que cobra piso hasta por soñar—, notó que el león gimoteaba. No rugía por hambre, sino por dolor. Así que, con manos de albañil —temblorosas pero firmes—, le sacó la espina de la herida. Le echó agua con sal, y hasta le ofreció parte de su torta de huevo con frijoles.

 

Desde aquella noche, el velador y el león compartieron el silencio, el frío y el miedo de cada madrugada. Pancho dormía en la bodega, sobre un colchón viejo de azulejo sobrante, y Marcelino hasta le hablaba de su exesposa y de las broncas con los contratistas que nunca pagaban.

 

Pero la paz no dura en esta ciudad.

 

Una mañana, los malandros del cobro de piso llegaron con armas largas y miradas cortas. Querían obligar a Marcelino a pagar por “vigilar su vigilancia”. Se burlaron de su soledad, lo golpearon, y cuando quisieron prenderle fuego al lugar como escarmiento, Pancho salió rugiendo de entre los escombros.

 

Los encapuchados no supieron si estaban en Tepito o en el Apocalipsis. Pancho, majestuoso y furioso, los ahuyentó sin tocar a uno solo. Bastó su presencia, su mirada y su rugido. La violencia solo se vence con una fiera más noble.

 

Las cámaras del C5 lo grabaron todo. Se hizo viral. “León salva a albañil de extorsión”, decían los encabezados. La gente marchó con pancartas: “Todos somos Marcelino” y “Pancho no se toca”. El caso llegó al Jefe de Gobierno, al Congreso y hasta a la mañanera.

 

Finalmente, se declaró a Pancho “animal libre y protector del pueblo trabajador”, y a Marcelino se le asignó una casa del INFONAVIT con jardín amplio donde Pancho pudiera retozar sin reiletes.

 

Moraleja:

 

A veces la selva se escapa y se esconde en una obra.

A veces los humildes no tienen escudos… pero sí amigos con melena.

Y a veces, solo a veces,

la bondad del pueblo amansa hasta al rugido más herido.

 

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