Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

Licencia para pedir: el reglamento invisible que aún nos gobierna

 

  1. El documento

 

Entre los papeles color sepia que resguarda el Archivo Municipal de Guadalajara, apareció un pliego olvidado por los siglos y la vergüenza. No se trataba de un decreto liberal, ni de una proclama revolucionaria, ni siquiera de una carta lastimera: era un reglamento. Un texto frío, sellado con el escudo del municipio, rubricado por alguna autoridad que jamás conoceremos pero cuya mentalidad nos sigue gobernando.

 

El encabezado decía sin ironía alguna:

“Reglamento para la Tolerancia de la Mendicidad”.

 

Y luego venía el cuerpo normativo, que transcribo textualmente como acto de memoria:

 

Art. 1°. — Para poder implorar la caridad pública en la ciudad, se necesita licencia por escrito de la Presidencia Municipal que sólo se concederá a los individuos que cumplan los siguientes requisitos:

 

  1. — Que comprueben con la respectiva copia del acta del Registro Civil, ser originarios de esta ciudad.
  2. — Que comprueben con un certificado del Inspector de la Demarcación de Policía respectiva, ser pobres de solemnidad. A este efecto el Inspector se informará minuciosamente sobre el estado civil, domicilio, ocupación o trabajo anterior y edad del solicitante, medios de subsistencia y si está o no imposibilitado para poder trabajar, proporcionando los demás datos que estime convenientes.

III. — No padecer enfermedad contagiosa o simplemente repugnante.

 

Art. 2°. — Cuando se trate de personas imposibilitadas para trabajar por enfermedad, vejez u otro motivo análogo, aun cuando no sean originarios de esta ciudad, podrá concedérseles licencia para mendigar, pero deberá justificarse plenamente ante el Inspector de la Demarcación respectiva, haber residido en la ciudad cuando menos los últimos cinco años consecutivos.

 

Art. 3°. — Los individuos atacados de enfermedades contagiosas o simplemente repugnantes, serán retirados de la vía pública, y atendidos en los asilos o en personas que los atiendan, o enviados al Hospital para su aislamiento.

 

  1. La era de las licencias

 

Ese texto —impreso con tipografía decimonónica, sellado con el escudo de armas y rubricado por la Presidencia Municipal de Guadalajara— es un testimonio del México porfirista, donde el orden valía más que la justicia y la miseria era un estorbo urbano. Un país que, para “tolerar” la existencia de los mendigos, exigía papeles, certificados y hasta buena presencia.

 

Hoy podría parecernos una caricatura, pero no lo es. Es un espejo.

Y ese reglamento, aunque abolido en la forma, sigue vigente en el fondo.

 

La redacción de su artículo primero resulta brutal:

Para poder pedir limosna, hay que tener licencia.

Para tener licencia, hay que demostrar que uno es “pobre de solemnidad”.

Y para que esa pobreza sea aceptable, no debe ser “repugnante”.

 

Ese es el criterio.

 

No la necesidad, no el hambre, no el abandono.

 

Lo que importa es que el mendigo no espante, no moleste, no contagie. Que sea tolerable a la vista del ciudadano honrado que camina por la acera.

 

III. Del reglamento al algoritmo

 

El problema, por supuesto, no es sólo el reglamento. Es su herencia. Es el ADN burocrático que ha sobrevivido los siglos y que hoy se expresa con otras palabras, otras plataformas y otras excusas. En lugar de licencias impresas, hay formularios en línea, registros biométricos, criterios de “focalización” y filtros digitales que deciden quién merece ayuda y quién debe seguir esperando.

 

Para recibir apoyo, hay que estar en el sistema.

 

Y para estar en el sistema, hay que pasar por un nuevo inspector —no uno de uniforme, sino uno abstracto, algorítmico— que determina si tu necesidad es cuantificable, si tu urgencia es prioritaria, si tu rostro no incomoda al flujo urbano.

 

Y, sobre todo, si tu miseria no interfiere con las estadísticas del desarrollo.

 

Hoy ya no se te niega la limosna por ser “repugnante”, pero se te excluye por no tener conectividad, por haber cambiado de domicilio, por no estar bancarizado o por vivir en una zona “fuera de cobertura institucional”.

 

El nuevo reglamento es invisible, silencioso y global.

 

  1. El orden del asistencialismo moderno

 

El sistema contemporáneo sigue exigiendo sumisión. No ante un gendarme, sino ante un código. Para recibir ayuda, hay que aceptar que se nos mida, se nos filtre, se nos etiquete. Se espera del necesitado lo mismo que aquel reglamento pedía: discreción, silencio, humildad. Que no reclame demasiado. Que no denuncie.

 

El nuevo mendigo debe ser eficiente, presentable, agradecido.

 

Y si no lo es, será clasificado como “potencialmente conflictivo”.

 

El inspector del siglo XIX ha sido reemplazado por un sistema mundial de control social, con listas de “impacto presupuestal”, evaluadores de riesgo financiero y reglas impuestas por organismos multilaterales.

 

  1. Los nuevos mendigos

 

La mendicidad ya no se limita a las banquetas.

 

Hoy mendigan los trabajadores precarizados de las maquilas, los jóvenes que migran cruzando ríos con código QR en la mano, los adultos mayores sin acceso a salud, los agricultores hundidos por los aranceles del norte.

 

Mendiga quien camina 20 kilómetros para alcanzar una entrevista.

 

Mendiga quien fue desplazado por el TLC, por las guerras climáticas, por los decretos arancelarios de líderes como Trump, que juegan con la economía como si fuera un casino intergaláctico.

 

Hoy mendiga incluso el que estudió.

 

Y también el que trabajó.

 

  1. ¿Quién necesita licencia ahora?

 

¿Y si ahora hiciéramos un reglamento para la indiferencia?

 

Artículo 1°. — Para poder ignorar a un necesitado, el ciudadano deberá demostrar que ha hecho todo lo posible por ayudarlo.

Artículo 2°. — El que cierre los ojos ante el sufrimiento ajeno deberá portar en su solapa el sello de la insensibilidad.

Artículo 3°. — Queda prohibido llamar “estorbo” a quien la sociedad ha expulsado.

 

Suena ridículo, sí.

 

Pero es igual de ridículo que haber exigido licencia para mendigar.

 

VII. Conclusión: el reglamento persiste

 

Ese documento de Guadalajara no fue una anomalía. Fue el espejo nítido de una época. Hoy, más de cien años después, seguimos gobernados por reglamentos invisibles: normas no escritas que clasifican, etiquetan, excluyen.

 

Y si antes se expulsaba al pobre enfermo por ser “repugnante”, hoy se le margina con algoritmos, burocracias y mapas de “alta conflictividad”.

 

Seguimos exigiendo papeles para la compasión.

Seguimos regulando la miseria.

Seguimos gestionando la desesperación con sistemas que no entienden el hambre.

Seguimos tratando la pobreza como si fuera un error de diseño.

 

Ese es el verdadero reglamento que urge derogar.

 

Dr. Arturo David Vásquez Urdiales

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