Por Arturo Vásquez Urdiales
El éxodo de la divinidad: Hermes, Osiris y el fin de los templos
«…¿Ignoras, oh Asclepios, que Egipto es la imagen del cielo, o mejor dicho, que es la proyección aquí todo el orden de las cosas celestes? A decir verdad, nuestra tierra es el centro del mundo. Sin embargo, como los sabios deben prevenir todo, hay una cosa que debéis saber: vendrá un tiempo en el que parecerá que los egipcios han observado en vano el culto a los dioses con tanta piedad y que todas sus santas invocaciones han sido estériles y desatendidas. La divinidad se retirará de la tierra y subirá al cielo, abandonando Egipto, su antigua morada, y dejándolo huérfano de religión, privado de la presencia de los dioses».
—Hermes Trimegisto
Lúxor y Karnak
Bajo la arena que vela a Luxor y Karnak, entre escarabajos dorados, momias reales y papiros fragmentarios, late un pensamiento que no ha muerto.
El Libro de los Muertos, más que un manual funerario, es una cartografía del alma egipcia. No es un texto, sino una voz: la de los iniciados que aprendieron a caminar entre vivos y muertos, entre verdades y símbolos, entre Maat y el caos. Aquellos que, al morir, recitaban: “No he robado. No he mentido. No he hecho llorar a nadie…” se preparaban no para el olvido, sino para un juicio cósmico en el que su corazón sería pesado contra una pluma.
El Libro de los Muertos es anterior a la Biblia, más profundo que muchos tratados teológicos, y más poético que las odas homéricas. En él, Osiris, el rey asesinado y resucitado, reina en la otra orilla del Nilo, mientras Anubis guía al difunto, y Thot escribe el veredicto en silencio.
Y sin embargo, Hermes Trimegisto —quizá el Hermes griego fundido con el Thot egipcio— profetiza su propio eclipse. El abandono de los templos. El olvido. La retirada de la divinidad. El exilio de lo sagrado.
—Maestro —dice un discípulo en un diálogo imaginado, sentado en el pórtico de piedra de un templo caído— ¿por qué se han ido los dioses?
—Porque nos fuimos primero nosotros —responde el anciano, sin mirar al muchacho, contemplando en cambio un jeroglífico que apenas sobrevive en el muro—. Olvidamos cómo hablarles. Confundimos sus nombres con supersticiones. Cambiamos incienso por ambición. Confundimos la justicia con la ley y la sabiduría con la eficiencia.
—¿Y los textos sagrados?
—Se convirtieron en citas para académicos. En rarezas para museos. En documentos sin alma.
Y así, Hermes lo advirtió. El país se llenaría de extranjeros. Las leyes castigarían la piedad. El culto sería proscripto. La religión: arqueología. Los templos: ruinas. El alma colectiva: un eco.
En el Libro de los Muertos, escrito hace más de cuatro mil años, se lee con inquietante actualidad:
“Esta generación de jóvenes ha dejado de respetar a los viejos, sus desórdenes son insoportables, su forma de actuar arrogante, sus actitudes imperdonables y su indisciplina indigente : ¿Qué pasará ahora con el pueblo? ¿Con la nación? ¿Qué con las tradiciones y las buenas costumbres?”
¿Quién escribió eso? ¿Un sacerdote tebano? ¿Un anciano al borde de la tumba? ¿O fue acaso Hermes mismo, mirando al futuro, describiendo no solo el Egipto de Ptolomeo sino el mundo contemporáneo?
El pensamiento simbólico egipcio no era mero arte, era ontología. Para ellos, nombrar una cosa era traerla al ser. Rezar no era pedir, era ordenar el cosmos. La pluma de Maat era más que justicia: era equilibrio universal. Si el corazón pesaba más que la pluma, el alma era devorada por Ammit. Si no, ascendía entre los campos de Iaru, eternamente fértil, eternamente justo.
Pero… ¿qué ocurre cuando el corazón colectivo de una civilización se vuelve más pesado que su palabra? ¿Quién pesa ahora el alma de las naciones?
—¿Y si la divinidad regresa? —pregunta el discípulo.
—Solo lo hará —responde el maestro— cuando un pueblo recuerde cómo invocar con pureza, cómo nombrar sin manipular, cómo actuar sin ego. Cuando la piedra vuelva a ser templo y no solo escombro. Cuando la ley sea justicia y no castigo.
Hoy, los fragmentos de aquella sabiduría sobreviven en frases dispersas:
“Soy el ayer y conozco el mañana.”
“Mi alma vuela como el halcón de Horus.”
“Que no me sea negada la entrada al campo de los juncos.”
“He vencido a mis enemigos. He vencido a la muerte.”
Son frases que retumban, como ecos de una lengua que alguna vez dominó el secreto de los dioses.
Y sin embargo, Hermes lo sabía: la posteridad ya no creería. Las palabras grabadas en piedra serían vistas como reliquias, no como revelaciones. La humanidad, huérfana de lo sagrado, buscaría en la ciencia la inmortalidad que antes encontró en la justicia del alma. Cambiaría templos por pantallas. Rezos por algoritmos. Oráculos por redes.
Y entonces —solo entonces— se repetiría la profecía:
“La divinidad se retirará de la tierra y subirá al cielo, abandonando a Egipto, su antigua morada…”
Tal vez esta columna no sea más que una plegaria disfrazada de ensayo. Un intento —desde estas letras hipnóticas— de recordar el eco de un templo que aún vibra en la piedra. Tal vez, desde algún rincón del universo, Hermes escuche.
Tal vez aún no sea demasiado tarde para que el alma vuelva a pesar menos que la pluma.
Apunte diario sobre letras hipnóticas ©® de Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.








