Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

La Larga Marcha

 

En el trasfondo de los años más convulsos de la Intervención Francesa, se alza un mosaico de voces y destinos que, al entrelazarse, nos permiten atisbar la amplitud y la intensidad de la lucha por la soberanía mexicana. De un lado, el Ejército de Oriente avanza con obstinación por las escarpadas sendas de la Sierra Sur, empeñado en sostener una resistencia enraizada tanto en la valentía de sus soldados como en el auxilio de lugareños solidarios. De otro, surgen historias íntimas que revelan cómo el amor, la traición y la esperanza atraviesan los corazones de personajes diversos: desde oficiales extranjeros que arriban con el afán de conquista hasta familias oaxaqueñas que se dividen entre la lealtad al Imperio y la llama republicana.

 

Esta serie de capítulos, a la vez crónica de campaña y relato personal, nos muestra el vaivén constante entre el frente de batalla y la vida cotidiana; entre la opulencia de la urbe que recibe con fiestas a los invasores y la dureza de los campos y montañas donde los bravos milicianos, pobres pero indómitos, defienden su tierra. Relatos como el del prisionero de la sierra —un hombre atrapado en medio del cautiverio enemigo— corren paralelos a la larga marcha de los batallones mixtecos hacia Miahuatlán, donde las balas, las intrigas y la tenacidad del capitán Moctezuma se funden en la lucha por el honor.

 

A cada paso, la narrativa se ensambla: el sacrificio de quienes entregan su vida por una patria libre resuena en los festejos cortesanos y en los romances fingidos; el rencor creciente por los abusos imperialistas se apacigua, apenas un instante, con la solidaridad de los campesinos que ofrecen un caldito de hierbas o un rincón para dormir. Así, la fusión de tramas ilumina tanto la faceta épica de la contienda como el latido cotidiano que determina el destino de cada aldea y familia.

 

Los capítulos ya narrados nos han conducido por senderos de pólvora y ensueño, dejando a los personajes —tanto republicanos como invasores— al filo de un nuevo episodio crucial. Con el cierre de esta primera gran cadena de sucesos, se abre el horizonte de ocho nuevos capítulos dentro del Súper Capítulo 2 de la obra 3 de octubre: El águila emprende el vuelo, cuyo vuelo literario prosigue sin tregua. En cada línea se presiente una tensión renovada, una apuesta mayor por la libertad, y una inminente colisión entre el esplendor monárquico y la tozuda convicción republicana.

 

Preparémonos, pues, para adentrarnos en este nuevo tramo de la historia: la Sierra Sur volverá a ser testigo y cómplice del drama humano, las intrigas citadinas continuarán reverberando entre salones y bajezas ocultas, y los fusiles seguirán clamando, en la voz del fuego, que México resiste y sueña con la aurora de su soberanía.

 

La Larga Marcha

del libro 3 de octubre: El águila emprende el vuelo

Capítulo I

 

El aire enrarecido de la Sierra Sur era un testigo silencioso de la ardua travesía del Ejército de Oriente, comandado por el general Porfirio Díaz, cuya mirada firme apuntaba siempre al sur, como si de aquellas montañas abruptas brotara la libertad que México ansiaba. Detrás de él, con su característico porte marcial, marchaba el coronel Félix Díaz, hermano del general y hombre de confianza en las lides militares. Siguiendo las órdenes superiores, encabezaban una columna formada por varias unidades provenientes de distintas regiones de Oaxaca, decididas a frenar las pretensiones de los invasores franceses y sus aliados locales.

 

Aquel contingente, que se movía con disciplina prusiana —orgullo del general Díaz—, provenía de Tlaxiaco, un bastión de patriotas que, pese a la pobreza de recursos y la precariedad de las rutas, respondía al llamado de la nación. Entre los más destacados se contaban:

 

El Batallón México, al mando del capitán Aurelio Pérez, veterano de batallas en Tehuantepec, donde había demostrado coraje y lealtad inquebrantables.

El Batallón Bravos de la Mixteca, bajo la conducción del teniente coronel Vicente Bravo, hombre de campo, recio y conocedor de cada vereda de las serranías oaxaqueñas. Su familia, arraigada en la Mixteca, había sido diezmada por los conflictos previos, y eso encendía en él un fuego patriótico que nada ni nadie podía aplacar.

Los Fusileros de Tlaxiaco, capitaneados por el mayor Manuel Ortega, célebre por su puntería casi infalible con el fusil de avancarga. Muchos decían que, desde su juventud, era capaz de derribar un ave en pleno vuelo sin titubear.

Además, se había sumado una fuerza irregular de voluntarios, campesinos y artesanos que, dejando atrás sus hogares y familias, habían decidido unirse al Ejército de Oriente para expulsar al invasor. El viaje hasta Miahuatlán no fue cosa simple: sin víveres suficientes ni grandes pertrechos, avanzaban guiados por la esperanza de unirse a otras columnas republicanas y enfrentar al ejército galo en una batalla decisiva.

 

El arribo a la Sierra y los primeros escollos

La partida desde Tlaxiaco se había organizado con prisas. El general Porfirio Díaz, sabedor de la urgencia por contener a los franceses que merodeaban Miahuatlán y Ejutla, envió mensajeros a toda la región mixteca, reclutando gente y acopiando lo poco que la tierra podía ofrecerles: maíz, frijoles secos y un mínimo de bestias de carga. Bajo la seca resolana del altiplano oaxaqueño, aquel ejército multicolor atravesó cerros, barrancas y veredas polvorientas.

Pronto, el calor y la carencia de agua fresca hicieron mella en los soldados. Capitán Aurelio Pérez, con el ceño fruncido, revisaba la columna cada tanto para cerciorarse de que nadie quedara rezagado por la fatiga. El mayor Ortega, de los Fusileros, a menudo se detenía para echar un vistazo con su catalejo a los alrededores, asegurándose de que no hubiese exploradores enemigos siguiendo sus pasos. Llevaban semanas avanzando, y entre los reclutas cundía la inquietud: se rumoraba que un destacamento francés de Montparnase, Holtmez y Jeimez se atrincheraba en la Sierra de Miahuatlán, amenazando con emboscarlos.

 

—Se dice que los franceses se mueven con cautela —comentó un soldado raso, limpiándose el sudor de la frente—. Ya conocen la fiereza de nuestra tierra.

 

—No confíes —replicó otro, acomodándose las cananas—. Esos galos tienen fusiles nuevos y artillería ligera. Más vale andarnos con cuidado.

 

Pese al desaliento natural de una caminata interminable, el espíritu de la tropa se elevaba cada vez que el general Porfirio Díaz recorría el campamento improvisado por las noches, les dirigía unas palabras y les recordaba el sentido de su lucha:

—¡No olviden que defendemos la soberanía de México! ¡Cada roca de esta sierra es testigo de nuestro valor y nuestro honor!

 

Las noticias de las reyertas en Ocotlán y Ejutla

Ya cerca de Miahuatlán, en un descanso obligado bajo unos ahuehuetes, el coronel Félix Díaz recibió un correo con actualizaciones de la situación militar. Traía información de los enfrentamientos recientes: las reyertas de Ocotlán y Ejutla habían mermado tanto a los republicanos como a los franceses. Se hablaba de un desgaste visible: heridos por doquier, falta de municiones y agotamiento en ambos bandos.

—Mi general —dijo Félix Díaz, mirando con respeto a Porfirio—, los informes señalan que el enemigo se mueve en columnas dispersas. Sin embargo, Montparnase y Fouché han tomado posiciones en la sierra, donde tratan de acorralar a ciertos grupos mexicanos que se han quedado rezagados. Entre ellos, al parecer, algunos voluntarios pertenecientes a nuestra columna.

 

Porfirio Díaz frunció el entrecejo. El capitán Moctezuma, uno de sus oficiales más disciplinados, había avanzado con una sección para reconocer el terreno y parecía que no había regresado.

—¿Ha habido noticias del capitán Moctezuma? —preguntó el general.

 

Félix Díaz negó con la cabeza.

—Se le vio por última vez en las hondonadas cercanas a Miahuatlán, pero nada concreto desde entonces.

 

Esa información preocupó al general. Sabía que Moctezuma jamás se atrasaría sin razón. Y si, en efecto, se encontraba en peligro, era imperativo auxiliarlo antes de que los franceses lo aniquilaran. Con semblante severo, Porfirio Díaz se dirigió al capitán Aurelio Pérez y al mayor Ortega:

 

—Preparen a sus hombres. En cuanto lleguemos a la encrucijada del río Atoyac, separamos la tropa en dos. Una parte seguirá la ruta principal hacia Miahuatlán. La otra se internará por las veredas alternas para tratar de rodear a los galos y socorrer a quienes se hallen en aprietos.

 

Una disciplina férrea a pesar de la precariedad

La marcha continuó, cada vez más penosa. El Batallón Bravos de la Mixteca mantenía su estructura en columnas cerradas, a veces acompañado por cantos patrióticos que brotaban de las gargantas de jóvenes reclutas ansiosos de demostrar su valentía. A pesar de la camaradería, la falta de alimentos y la necesidad de cargar con enfermos y heridos ralentizaba el paso. Con el fin de evitar la desmoralización, los oficiales imponían una disciplina que muchos señalaban como “prusiana”, inspirada en los métodos europeos que Porfirio Díaz había adoptado y perfeccionado para organizar a sus hombres:

Toque de diana a primera hora, aunque se hubiese dormido poco.

Formación inmediata bajo la supervisión de suboficiales, revisando la limpieza de los fusiles y la cantidad de municiones.

Marchas de cierto número de leguas al día, con paradas contadas para comer o beber.

Revisión nocturna que incluía recuento de bajas, estado de salud, y retén de guardias.

Con semejante orden, lograron avanzar a un ritmo superior al esperado, pese a los barrancos y caminos pedregosos. En un paraje boscoso, un explorador de la Guardia Nacional de Tlaxiaco trajo una noticia alentadora:

—Mi general, hemos logrado contactar a un grupo de lugareños leales que conocen sendas ocultas. Ellos confirman que los franceses han acampado en la otra ladera, más cerca de Miahuatlán.

 

El general Díaz y el coronel Félix Díaz intercambiaron una mirada esperanzada.

—Excelente. Ubicaremos sus posiciones. Si nos adelantamos, podremos forzar a los galos a retroceder —señaló Porfirio.

 

Una amenaza creciente y la llegada de refuerzos

No obstante, la alegría se vio atenuada cuando otro mensajero refirió que la columna francesa de Montparnase había capturado a algunos republicanos en un valle remoto. Incluso corría el rumor de que prisioneros del capitán Moctezuma habían sido apresados y estaban en peligro de ejecución. El coronel Félix Díaz, con gesto adusto, transmitió a los oficiales:

—Debemos prepararnos para asaltos rápidos. Montparnase y Fouché son conocidos por sus tácticas de sorpresa. No se descuiden, sobre todo en las vaguadas y recodos del camino.

 

En esos días, las fuerzas que venían desde Tlaxiaco —es decir, los Batallones México, Bravos de la Mixteca y Fusileros de Tlaxiaco— se habían fusionado con grupos provenientes de la región de la Costa y de la Sierra Sur, formando un nutrido contingente cercano al millar de hombres. Eran muchos, pero también escasos ante la profesionalidad del enemigo francés. Pese a ello, cada nuevo voluntario que se incorporaba traía consigo historias de atropellos, de pueblos saqueados y de la necesidad imperiosa de defender la patria.

 

En medio de ese clima tenso, el capitán Aurelio Pérez redoblaba las medidas de guardia. Organizó patrullas de exploración y tendió lazos con los campesinos de la zona. Gracias a esa labor, consiguieron algo de sustento: tortillas de maíz recién hechas, un par de cerdos y frutos silvestres. No era un gran festín, pero aliviaba la penuria y recordaba a los soldados por qué combatían: para que esos mismos campesinos vivieran libres de invasores.

 

Rumbo al encuentro de un destino incierto

El atardecer teñía de dorado las copas de los árboles cuando la columna del general Porfirio Díaz alcanzó un paso elevado desde el que se vislumbraba la amplitud de los montes que rodeaban Miahuatlán. Allá abajo, bajo la luz tenue, se adivinaban humaredas que podían ser fogatas de campamento o señales de escaramuzas. El general se quitó el sombrero y habló con solemnidad a sus hombres:

—Compañeros, nos acercamos a las tierras donde el enemigo aguarda. Tal vez encontremos al capitán Moctezuma y a nuestros compatriotas prisioneros. Ojalá lleguemos a tiempo para liberarlos. Pero si no es así, honraremos su memoria combatiendo sin descanso, hasta que el invasor abandone suelo mexicano.

 

Un sordo murmullo de aprobación recorrió las filas. Allí se sentía el pulso de la lucha por la independencia inacabada. Había cansancio y había hambre, pero también una convicción absoluta de que, con la ayuda de la Sierra Sur y el empuje de la Guardia Nacional de Tlaxiaco, lograrían forzar a los franceses a retroceder. Así, se dispusieron a seguir avanzando, conscientes de que en cualquier momento las balas y la metralla podrían truncar sus vidas. Pero preferían eso a vivir doblegados.

 

Mientras la noche oscurecía el horizonte, el coronel Félix Díaz se acercó al general Porfirio y musitó:

—Mi general, hay un rumor de que varios hombres han escapado del campamento francés. Si son nuestros compañeros, tal vez vaguen heridos o perseguidos. Debemos preparar una columna de auxilio.

 

El general asintió con determinación.

—Así sea. Que la compañía del mayor Ortega y los Fusileros de Tlaxiaco se encarguen de la exploración. Usted, coronel, avanzará conmigo y el Batallón México hacia Miahuatlán. El teniente coronel Bravo cerrará la retaguardia con los Bravos de la Mixteca.

 

En esa disposición se esbozaba ya la maniobra que, en unos días, desembocaría en un encuentro trascendental: la búsqueda y eventual rescate de los prisioneros, entre ellos los hombres de Moctezuma. Sin saberlo, el Ejército de Oriente se encaminaba a entrelazar su destino con la valerosa fuga que Ilhuicamona y sus compañeros —aún desconocidos para ellos— estaban intentando desde el otro lado de la sierra. El viento soplaba con fuerza, como si quisiera transmitir un mensaje secreto entre las crestas montañosas. Bajo aquella bóveda estrellada, el general Díaz y sus soldados avanzaban, convencidos de que la patria los necesitaba más que nunca.

 

Con paso firme y la esperanza latiendo en cada corazón, los batallones mexicanos se adentraron en la penumbra, decididos a demostrar que la tierra oaxaqueña no sería campo de dominio para los invasores. Así concluía el primer capítulo de aquella larga marcha, que respondía a los movimientos del enemigo, pero sobre todo a los clamores de justicia y libertad que resonaban desde los valles hasta las cumbres. La historia aún tenía mucho por develar. Y, en el horizonte, la sombra del águila se alzaba, presagiando el curso épico de los días por venir.