Por Arturo Vásquez Urdiales
El Prisionero de la Sierra
PARTE III
Los días siguientes al interrogatorio de Ilhuicamina se convirtieron en una sucesión de tareas forzadas y tensiones crecientes en el campamento francés. Desde el alba, los soldados galos obligaban a los prisioneros a cargar leña, cavar zanjas para fortificaciones ligeras y trasladar barriles de municiones de un extremo a otro del lugar. Bajo la mirada implacable del capitán Fouché y sus subordinados, Ilhuicamina, Pánfilo, Eleuterio y Hutzilopochtli soportaban el cansancio y el calor abrasador con estoicismo.
Durante las extenuantes jornadas, el cuarteto procuraba registrar cada detalle que pudiera facilitar su escape. Hutzilopochtli, por ejemplo, memorizaba el número de centinelas que vigilaban en las esquinas del campamento; Eleuterio se fijaba en qué momentos del día la guardia parecía más relajada; Pánfilo estudiaba los lugares donde se almacenaban alimentos y armas; e Ilhuicamina, siempre vigilante, se concentraba en las rutas de acceso y salida de la empalizada improvisada.
El campamento en sí era una serie de carpas ordenadas con disciplina militar, separadas por callejuelas de tierra pisoteada. En el centro se alzaba la gran tienda de mando de Montparnase, Holtmez y Jeimez, reconocible por la bandera francesa ondeando en un mástil alto. Un costado lo ocupaba el barracón de los soldados, con decenas de literas, y enfrente se encontraban los corrales con caballos y mulas. La cabaña de troncos donde dormían los cautivos se hallaba en la periferia, pegada a un bosquecillo de cedros y encinos.
Tensiones entre los oficiales
Desde la distancia, era evidente que los mandos franceses no se llevaban del todo bien. Varias veces se escuchaban voces airadas provenientes de la tienda de mando, mezcladas con palabras francesas que denotaban desacuerdo. Al parecer, Holtmez y Jeimez deseaban trasladar el campamento a un punto más elevado, o incluso avanzar hacia el interior del estado para unir fuerzas con otros destacamentos imperiales. Por su parte, Montparnase prefería fortificar la posición actual y consolidar la autoridad en los pueblos aledaños.
Esta pugna interna se reflejaba en las órdenes contradictorias que recibían los soldados. Un día, les decían a los prisioneros que cavaran una zanja alrededor del perímetro; al siguiente, les exigían rellenarla para mover el puesto de guardia. Si no fuera por la presión constante y las armas apuntándoles, Ilhuicamina y los suyos habrían encontrado graciosa la desorganización de sus captores. Pero sabían que cualquier discrepancia entre los oficiales podría resultarles, a la postre, útil.
La mano amiga de un soldado francés
Fue en medio de esas rutinas cuando ocurrió algo inesperado. Mientras Pánfilo y Eleuterio acarreaban leña, un soldado francés, de aspecto jovial y cejas claras, se les acercó disimuladamente. Hablaba un español rudimentario:
—¿Están heridos? —preguntó, mirando la forma en que Eleuterio cojeaba tras haber tropezado con una roca.
—No… bueno, un poco —respondió Eleuterio, receloso.
El francés miró a un lado y al otro para cerciorarse de que nadie lo observaba. Entonces sacó un pequeño frasco de vidrio con ungüento y se lo entregó a Eleuterio, haciéndole señas de que lo aplicara en la zona inflamada del tobillo. Al ver la incredulidad pintada en sus rostros, el hombre agregó con un murmullo:
—Guerre… es mala para todos.
Acto seguido, se alejó con premura, sin mirar atrás. Pánfilo y Eleuterio, todavía sorprendidos, ocultaron el frasquito y prosiguieron su tarea. Era la primera muestra de humanidad que recibían por parte de un soldado enemigo. Aquello les recordó que, incluso en la guerra, existían matices y que tal vez no todos los galos compartían el fanatismo de sus comandantes.
Cuando esa noche regresaron a la cabaña, compartieron el suceso con Ilhuicamina y Hutzilopochtli, quienes se sorprendieron al saber que un francés se arriesgara a ayudarlos, aunque fuese con un simple ungüento. Coincidieron en que ese gesto confirmaba la posibilidad de buscar grietas en la aparente solidez del campamento. Tal vez, con un poco de astucia, podían desviar más recursos o aprovechar la simpatía de uno que otro soldado.
Brotando la chispa del escape
Aquel mismo anochecer, mientras la lluvia volvía a azotar la sierra, los cuatro se hallaban en silencio. Debían reponer energías, pero también planear con urgencia su fuga.
—Hoy conté cuatro sentinelas fijos en la empalizada, más dos que patrullaban el perímetro —informó Pánfilo.
—Y yo vi que el relevo de la guardia exterior suele ocurrir cerca de medianoche —añadió Eleuterio—. Dejan un hueco de unos cinco minutos entre que llegan los nuevos y se retiran los viejos.
Hutzilopochtli alzó la mano para tomar la palabra:
—En cuanto a la sierra, hay un camino cerca del barranco occidental que conduce a un arroyo seco. Podríamos aprovechar ese lecho para adentrarnos sin ser vistos. Pero necesitaremos provisiones. No podemos sobrevivir en el monte sin agua ni alimento.
—Cierto —asintió Ilhuicamina—. He notado que guardan costales de maíz y frijol en la bodega que está junto al corral de mulas. Si logramos colarnos allí y llevar algo de comida, podríamos aguantar unos días. El problema es que no tenemos cuchillos ni rifles.
Un breve silencio antecedió a la siguiente idea de Hutzilopochtli:
—Tal vez podríamos fabricar algún arma rudimentaria. Si conseguimos un trozo de metal o un palo resistente, podríamos defendernos si algo sale mal.
La falta de herramientas complicaba las cosas, pero no era un obstáculo insalvable. Con determinación, el grupo trazó la base de su plan:
Aprovechar la distracción de la guardia durante el relevo nocturno.
Colarse en la bodega junto al corral, tomar alimento suficiente para al menos dos días y, si era posible, algo punzante que pudiera servirles de arma.
Dirigirse al barranco occidental, descender hasta el arroyo seco y avanzar hacia la sierra, con la esperanza de encontrar auxilio o, en su defecto, huir lo bastante lejos para que los franceses no les dieran alcance.
Faltaba por decidir el cuándo. Coincidieron en que actuar esa misma noche sería precipitado, pues requerían más observación de la rutina de los guardias. Pero no deseaban esperar demasiado: cada día en cautiverio era un riesgo adicional de ser separados o castigados. Acordaron, pues, que aguardarían un par de noches más, utilizando ese tiempo para recolectar un mínimo de útiles e información.
Un rumor del capitán Moctezuma
Al día siguiente, mientras trabajaban en la linde del bosque acarreando troncos, Pánfilo escuchó algo que le aceleró el corazón. Dos guías locales, que colaboraban con los franceses por dinero, hablaban entre sí sin prestar mucha atención a la presencia de los prisioneros:
—Dicen que el capitán Moctezuma anda merodeando por el valle, buscando la forma de tender una emboscada. Quiere recuperar a sus hombres… —comentaba uno de los guías.
—Sí, pero Montparnase se está preparando. No les va a dar tregua. Van a reforzar la guardia por si intentan algo.
Aunque Pánfilo fingió no entender, aquella noticia le infundió ánimo: su gente estaba cerca. Quizá, en vez de tener que escapar solos, podrían encontrar al capitán y a la tropa republicana. Sin embargo, ese mismo rumor implicaba mayor vigilancia en el campamento. Los franceses se pondrían más cautelosos, y aquello añadía dificultad al plan de evasión.
Por la noche, cuando se reunieron en la cabaña, Pánfilo comunicó lo oído.
—¡Moctezuma no se ha olvidado de nosotros! —exclamó Eleuterio, con los ojos chispeantes de esperanza.
Pero Hutzilopochtli mostró cierta cautela:
—Si Montparnase refuerza la guardia, nuestro margen de maniobra será menor. Puede que esperen un ataque directo o un rescate nocturno. Quizá conviene acelerar nuestra fuga y tratar de unirnos a Moctezuma a medio camino.
—Sin duda. No podemos aguardar la ayuda sentados —afirmó Ilhuicamina—. Después de mañana, actuaremos.
Un giro repentino
Aquella misma noche, los planes del grupo recibieron un vuelco. El cielo se despejó tras la lluvia y las estrellas iluminaron el campamento con un fulgor nítido. Pasada la medianoche, se escuchó un escándalo en el extremo opuesto de la empalizada: gritos en francés, un disparo al aire, órdenes confusas. La pequeña guarnición entró en estado de alarma. Desde su encierro, los prisioneros apenas distinguieron fragmentos de voces:
—¡Ladrones! ¡Un caballo fue robado!
—¡Busquen por todo el perímetro!
—¡Atentos, puede ser un espía republicano!
Los guardias corrieron, intentando cercar el área. Por un instante, los prisioneros creyeron que tal vez la confusión se debía a un intento de rescate de parte de Moctezuma. Sin embargo, pronto se enteraron de la verdad: uno de los guías locales había robado un caballo y escapado. En su huida, dejó tras de sí un par de soldados franceses aturdidos.
El capitán Fouché, fuera de sí por la humillación, ordenó redoblar la custodia y revisar cada rincón del campamento. Dos soldados irrumpieron en la cabaña, alumbrando con linternas el rostro de los prisioneros, como si esperaran hallarlos conspirando. Al no ver nada inusual, se marcharon con prisas.
—Este incidente complica nuestro plan —susurró Hutzilopochtli, tras comprobar que los franceses se habían ido—. Ahora estarán más alertas que nunca.
—Pero también puede ser la distracción que necesitamos —apuntó Ilhuicamina—. A veces, el exceso de vigilancia confunde a los soldados y les provoca cansancio.
Pese a la preocupación, decidieron mantener la fecha de la fuga. Solo ajustaron algunos pormenores: tendrían que extremar precauciones ante el nerviosismo reinante. Confiaban en que la guardia no podría sostener la tensión constante durante muchas jornadas seguidas.
Así, cuando la madrugada avanzó y el escándalo menguó, los cuatro se recostaron en la cabaña, intentando conciliar el sueño con un murmullo de esperanza mezclado con temor. Podía que el robo del caballo generara una atmósfera imprevisible, pero no había vuelta atrás: la determinación de recuperar la libertad era su faro en la noche. En el horizonte de su corazón, la idea de volver a pisar tierra republicana, de abrazar la causa de la patria y reencontrarse con el capitán Moctezuma, les insuflaba una fuerza que ni las cuerdas ni los fusiles enemigos podían aniquilar.
La sierra, testigo imponente y silenciosa, parecía aguardar el desenlace de aquella historia. Con su rumor incesante de hojas y brumas, la montaña se alistaba para presenciar, a la brevedad, un acto de coraje que marcaría el destino de aquellos cuatro hombres que se negaban a ceder al yugo francés.








