Por Arturo Vásquez Urdiales
Los borregos del Puente Calapa
Narrativa Uno: Bajo la luna fría
Era una noche helada en la serpenteante autopista Cuacnopalan-Oaxaca.
Las estrellas se desplegaban en un cielo inmenso, sin luces artificiales que empañaran su esplendor.
Todo parecía tranquilo, pero la tranquilidad a veces esconde horrores insondables.
El protagonista, un viajero solitario, detuvo su coche cerca del Puente Calapa, este divide los 2 estados, Puebla y Oaxaca, atraído por la majestuosidad de las columnas que, como titanes dormidos, sostenían aquel gigante de concreto sobre un abismo oscuro.
Antes ahí había un mirador, ahora ya no por el peligro de las apariciones, cuentan los viajeros frecuentes.
Se bajó del vehículo, inhalando el aire frío y contemplando la inmensidad de los cerros, iluminados tenuemente por una luna inquisitiva.
El viento, antes suave, comenzó a soplar con una fuerza gélida, trayendo consigo un murmullo extraño, como si los cerros respiraran con un ritmo propio.
De pronto, un ruido rompió la quietud: el golpeteo de piedras cayendo desde la altura. Al asomarse, vio un grupo de animales: chivos y borregos descendían lentamente.
Parecían comunes, hasta que, de manera abrupta, se detuvieron en seco, como si una presencia invisible los congelara en el tiempo.
Un escalofrío recorrió su espalda. Algo estaba mal. Muy mal.
Narrativa Dos: Las risas del abismo
La curiosidad lo empujó a acercarse. Desde las sombras, algo o alguien parecía moverse bajo el puente, casi fundiéndose con la negrura de la noche.
Pensó que podría tratarse de un pastor, pero lo que vio a continuación helaría la sangre del más valiente.
Un hombre delgado y desquiciado brincaba entre las columnas, sosteniendo un palo en llamas que utilizaba para golpear las estructuras. Cada golpe resonaba con una fuerza sobrenatural, amplificada por los ecos de aquel vacío. Pero lo que verdaderamente aterrorizó al viajero fue el sonido desgarrador que acompañaba cada impacto: gritos humanos, lamentos salidos de las mismas entrañas del infierno.
Las columnas no eran solo concreto. Eran tumbas. De ellas emergían manos, pies, miembros que parecían suplicar clemencia antes de que el hombre los golpeara, riendo como un demente poseído por fuerzas incomprensibles.
El viajero quiso correr, pero sus piernas no le respondían. Estaba atrapado en el umbral del miedo, observando cómo el extraño se detenía, mirando hacia arriba, directo a sus ojos, como si supiera que alguien lo espiaba.
Narrativa Tres: El rebaño maldito
Reuniendo fuerzas, el viajero corrió hacia su coche. Se subió, encendió el motor y pisó el acelerador, temiendo lo peor. A medida que avanzaba sobre el puente, notó que el ganado estaba ahí, pero algo era distinto. Al pasar junto a ellos, vio sus caras… no eran de animales.
Los borregos tenían cabezas humanas, rostros torcidos por el sufrimiento, y mientras avanzaban por el puente, sus voces formaban un coro de súplicas y lamentos. Al mirar por el retrovisor, se percató de algo aún más macabro: un chivo se alzaba en dos patas, caminando como un hombre, siguiéndolo con pasos firmes.
La desesperación lo empujó a acelerar aún más, sintiendo que el abismo bajo el puente lo llamaba. Cuando por fin llegó al parador de Coixtlahuaca, sus manos temblaban al buscar una botella de agua. La señora de la tienda lo observó con una mezcla de compasión y resignación… enmedio de la noche…
—Ay, joven… —dijo con voz pausada mientras servía un trago de mezcal—. Lo que usted vio no es nuevo. Es el pago. Cada puente, cada carretera que atraviesa estas tierras, necesita su ofrenda. Los ingenieros saben que sin almas no hay cimientos que aguanten. Lo que vio, hijo, es el ganado del dueño de estas tierras. Y si Dios lo libró, fue porque no lo miró a los ojos.
La mujer guardó silencio un instante, como si calculara el impacto de sus palabras.
—Si lo hubiera mirado, ahorita usted sería un borrego más, cruzando ese puente maldito.
Narrativa Cuatro: El eco de las almas
De regreso en su coche, el viajero no podía quitarse de la mente las palabras de la mujer. Pensaba en las columnas, en los rostros suplicantes y en las risas del hombre bajo el puente.
¿Era una historia de fantasmas? ¿Un delirio causado por el cansancio? No lo sabía, pero una cosa era segura: jamás volvería a detenerse en la autopista Cuacnopalan-Oaxaca.
Esa noche, las estrellas parecían más frías, y el viento susurraba secretos que nadie debería escuchar. El Puente Calapa permanecía ahí, majestuoso y aterrador, como un recordatorio de que algunos lugares guardan un precio que no estamos dispuestos a pagar.
Fin.
Nota del compilador:
Este relato, enviado a través de letras hipnóticas.org, resuena como un eco de las leyendas modernas que conectan lo humano con lo sobrenatural.
Soy Arturo Vásquez Urdiales, un narrador de historias extraordinarias, muchas personas dicen: no está la fuente, menosprecio.
La fuente principal de letras hipnóticas es la narrativa literaria, la leyenda rural, urbana he histórica, es como pedirle la fuente a Bradomin o. Alan Poe por sus narraciones extraordinarias y no me comparo con tan altas personalidades, más la fuente extraordinaria de la narrativa leyendística es precisamente la inmensidad de la humanidad, su expresión, su historia y su destino.
No somos el periódico pues.
Si esta experiencia tocó alguna fibra de su ser, recuerde que entre la ficción y la realidad a veces solo hay un puente.
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