Por Arturo Vásquez Urdiales
Día de Muertos
En Oaxaca, allá por 1950, en un Día de Muertos, se tejió una historia que aún retumba en los rincones oscuros de las viejas casonas. Se cuenta que Manuel, el hijo de la tía Severina, un hombre de paso incierto y decisiones torcidas, encontró su destino en una cantina mientras el aguardiente nublaba su juicio y el coraje hervía en sus venas. Aquella noche, Manuel desenvainó su rabia y, sin contemplación, acuchilló a un tal Holder, un hombre de manos callosas y mirada dura, que cayó entre sombras y murmullos.
Tía Severina, mujer de manos ásperas y corazón henchido de rezos, no pudo soportar la idea de que su hijo pagara con prisión por el arrebato. Entregó su única casa como compensación a los familiares del difunto, esa casa que sus propios padres le heredaron y que representaba no solo su hogar, sino el refugio para los hijos que le quedaban. (La leyenda no dice bien si Holder murió o solo quedo seriamente herido)
Severina, en su angustia, pensaba en la posibilidad de morir antes de que Manuel pudiera redimirse. Cada día miraba su altar, encendía velas y murmuraba plegarias. Su alma se desangraba de dolor, y sus ojos cada noche se volvían un río de súplicas. Rogaba en silencio, pidiendo al Señor que, si la muerte debía llevarse a alguien primero, fuera a Manuel, pues su propia partida dejaría a sus hijos con una carga imposible de llevar: la presencia de un asesino en su linaje. Así, cada vez que veía los altares en las casas vecinas o sentía el aroma a copal, Severina le rezaba a la Santísima Trinidad misma, en esos tonos que solo las madres saben emplear, ese ruego que vibra con el peso de una verdad desgarradora.
Y fue en la víspera de Todos Santos, cuando el otoño vestía la ciudad con un manto de niebla y silencio. Manuel, embrutecido por el alcohol y la gula, no se privó de probar cada plato, de beber cada sorbo, y su risa resonaba como un eco perdido entre las tumbas. Dicen que el amanecer de aquel día fue distinto, pues no hubo despertar para él. Cuentan los viejos que en la penumbra del panteón de Xoxo, Manuel yacía en paz, como si el filo de la noche hubiera sido su juez y verdugo. Allí, entre flores de cempasúchil y murmullos de plegarias, su madre encontró el alivio que tanto había pedido.
Aquel Día de Muertos, Manuel cruzó al otro lado, y Severina, quien había vendido su vida a cambio de una esperanza, sintió el peso del destino cumplido. Desde entonces, en cada velada de Todos Santos, hay quienes aseguran ver a un hombre tambaleante entre las tumbas, moviéndose como un susurro entre las sombras, con los ojos encendidos de un brillo eterno, como si aún buscara saciar la sed de algo que no le fue permitido llevar consigo.
Tal fue la promesa de una madre que, incluso desde el más allá, sostiene a sus hijos con una fe inquebrantable, tejida de oraciones y sacrificios.
Esta historia es cierta y verdadera de la ciudad de Oaxaca, escuchada por el autor directamente de sus ancestras, quienes fueron testigos presenciales de este horrible acontecimiento.
Urdiales Zuazubizkar fundación de letras hipnóticas
Estimado lector le invitamos a compartir esta tenebrosa leyenda urbana.








