Por Arturo Vásquez Urdiales
El extraño hábito de antiguas mujeres de cohabitar con extraños enfrente del altar del templo
La verdadera y triste historia de la Milita desalmada y de sus muchachas desdichadas.
El culto a Milita y el dar placer a los extraños.
Y/o: aquí tener celos es pecado mortal
Aquí nomás tiembla pero ud. no azote, y menos si no es griego.
Una maleta al aire, que caray, no se le niega a naiden.
Hay ritos que, lejos de estar ocultos en la penumbra de los misterios de la antigüedad, nos asaltan con la crudeza de su exótica realidad. Uno de los más impactantes que nos ha legado la historia proviene de la ciudad de Babilonia, donde Heródoto, el padre de la historiografía, fue testigo de un ritual sexual ofrecido a la diosa Milita —identificada en algunos textos como Ishtar, la divinidad del amor y la fertilidad. Un rito que, incluso hoy, resuena como un eco de lo inabarcable en la naturaleza humana y sus deseos.
Heródoto, viajero insaciable y cronista de las costumbres de pueblos lejanos, nos cuenta en *Los Nueve Libros de la Historia* que cada mujer babilónica debía, al menos una vez en su vida, yacer con un extranjero dentro del santuario dedicado a Milita. No era una cuestión de elección, sino un deber sagrado. Un deber que, bajo la mirada de nuestros tiempos, podría parecer un intercambio grotesco, pero que, para los babilonios, representaba el sacrificio y la entrega al orden cósmico, regido por las fuerzas inmutables de los dioses. Para ellas, la entrega de su cuerpo no era una transacción vulgar, sino una ofrenda mística, envuelta en la sagrada atmósfera del templo.
Amor en tiempos cuneiformes.
Las mujeres de todas las clases sociales se congregaban en el recinto del templo, coronadas con un cordel, símbolo de su disposición para cumplir con el ritual. Heródoto describe cómo las mujeres más nobles llegaban en carruajes cubiertos, alejándose del tumulto que formaban las demás, quienes esperaban, quizás resignadas, quizás ansiosas, la mirada de un extranjero que decidiera quién de ellas recibiría su atención. Entre cuerdas y pasillos, los hombres, también extranjeros, caminaban como cazadores silenciosos en un laberinto, observando, eligiendo, mientras el destino de estas mujeres pendía de un gesto o de una moneda.
Una vez que el extranjero decidía, arrojaba una suma de dinero en el regazo de la mujer elegida y pronunciaba las palabras rituales: “En nombre de la diosa Milita”. Con ese simple acto, el ciclo estaba completo. La mujer y el hombre se retiraban al interior del santuario, donde el acto físico sellaba la ofrenda. Tras ello, la mujer quedaba libre de esta obligación para el resto de su vida, y regresaba a su hogar, siendo ahora intocable para cualquier otro hombre.
Este rito babilónico, aunque misterioso y desconcertante, también genera interrogantes: ¿Se extendía este mandato a todas las mujeres de Babilonia, incluyendo a las hijas de las familias más poderosas? ¿Es posible que algunas mujeres, menos favorecidas por la belleza, pudieran pasar años enteros sin que ningún hombre las eligiera? Heródoto menciona que algunas pasaban hasta tres o cuatro años sin recibir la moneda del destino. La crudeza de esta imagen resulta desconcertante: una mujer atrapada en el templo, sentada día tras día, esperando ser redimida por el capricho de un extranjero.
Sin embargo, pese a lo chocante que pueda parecer este rito, no debemos caer en la tentación de juzgarlo bajo el prisma de nuestra moral contemporánea. Para los babilonios, el templo y el acto de cohabitar con un extranjero eran algo más profundo que lo que nuestros sentidos modernos perciben. Era la expresión de la sumisión al orden divino, donde el cuerpo se convertía en un vehículo de lo sagrado. La figura de Milita —quizá una variante de Ishtar— simbolizaba este poder ineludible, el vínculo entre la humanidad y los dioses, entre el deseo y el destino.
Nos queda la enigmática imagen de la diosa, sensual y majestuosa, con su cuerpo desnudo adornado por coronas y símbolos de poder, flanqueada por búhos y leones, criaturas que representaban tanto la sabiduría como la ferocidad. Sus garras, extendidas sobre los cuerpos de bestias que se rendían bajo su poder, nos recuerdan que el amor y la sexualidad no eran solo fuerzas de creación, sino también de dominio, de control sobre los seres humanos que buscaban su favor.
Este ritual, incomprensible para muchos, revela la profundidad de las creencias babilónicas y su relación con la divinidad. ¿Qué buscaban las mujeres en este acto de entrega? Quizá no sea posible saberlo con certeza, pero es innegable que en cada sociedad existen formas ritualizadas de sumisión y ofrenda que, aunque nos parezcan extrañas, obedecen a una lógica interna, una lógica que conecta lo humano con lo divino.
Al final, lo que queda es la paradoja de la libertad y la obligación. Mujeres que, tras entregarse en cuerpo y alma al rito, eran liberadas de él para siempre, sellando su unión con la diosa y recuperando su autonomía. Un ciclo que muestra cómo, desde los tiempos más remotos, el cuerpo ha sido un territorio donde lo sagrado y lo mundano se encuentran y se entrelazan.
El extraño hábito de las mujeres de cohabitar con extraños, frente al altar de un templo, es un reflejo de lo insondable del alma humana, donde las fronteras entre lo divino y lo terrenal se desvanecen, dejando al ser en un vacío que ni siquiera el tiempo puede llenar.
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