Por Arturo Vásquez Urdiales
El prepucio de Nuestro Señor Jesucristo
La urgente necesidad de creer: El prepucio sagrado
La catedral de Chartres, con sus imponentes torres góticas elevándose hacia el cielo desde el siglo XII, no solo es un testimonio del genio arquitectónico medieval, sino que, durante siglos, fue el escenario de una devoción fervorosa que, a nuestros ojos modernos, roza lo absurdo. Miles de peregrinos cruzaron sus puertas no solo para maravillarse ante sus vitrales de colores ni para perderse en las historias sagradas esculpidas en sus piedras. No. Ellos acudían para ver el prepucio de Jesús.
Sí, el mismo tejido sagrado que había sido separado del cuerpo del Mesías durante su circuncisión. No era el único. En toda Europa, hasta más de 20 iglesias afirmaban poseer la preciada reliquia. Una circunstancia que, desde una mirada moderna, nos lleva inevitablemente a cuestionar: ¿cómo podía el prepucio sagrado multiplicarse de tal forma? ¿Qué poderes ocultos, qué profunda necesidad espiritual podría haber alimentado tal devoción?
James White, profesor de Historia en la Universidad de Alberta, lo explica con una claridad perturbadora. "No podían ser todas reales", afirma, "pero una vez que una iglesia adquiría la reliquia, su poder era incuestionable". Los monjes, las monjas y los obispos lo creían. Lo sentían. Y ese sentir se convertía en un fenómeno colectivo que iba más allá de la fe personal. Chartres, como muchas otras ciudades, creció y se enriqueció gracias a la fascinación que provocaba tal reliquia. El prepucio se convirtió en una atracción turística de su tiempo. Un destino para aquellos que buscaban algo más allá de lo tangible. Algo que les conectara, de manera casi literal, con la divinidad.
La última de estas reliquias, expuesta en Calcata, cerca de Roma, desapareció en 1983 durante la Fiesta de la Circuncisión, celebrada cada 1 de enero. El misterio en torno a su desaparición no hizo más que añadir una capa de enigma a la ya intrincada historia del santo pellejo. La huella de la devoción, sin embargo, permanece intacta. Nos enfrenta a una realidad humana que trasciende épocas y lugares: la urgente necesidad de creer.
La necesidad de creer
Creer es el motor más poderoso de la humanidad. Nos impulsa a buscar respuestas en las alturas cuando el suelo se desvanece bajo nuestros pies. ¿Cómo explicar, si no, la fe ciega en un pedazo de piel? El ser humano necesita aferrarse a símbolos. Un prepucio, por incongruente que nos parezca, no es solo carne separada. Es la materialización de una promesa: que lo divino puede tocar lo humano, que hay un puente entre lo inmortal y lo mortal. En la simpleza de ese tejido, el devoto encontraba el reflejo de algo más grande que sí mismo.
Y, sin embargo, en esa urgencia de creer, también yace el riesgo del engaño.
El engaño colectivo y la mala fe
Las reliquias sagradas, en su multiplicidad, representan un campo fértil para el abuso del poder, para el engaño consciente y el lucro religioso. ¿Cuántas de estas iglesias sabían que lo que mostraban no era real? El negocio de la fe es antiguo. Un prepucio, por ridículo que parezca, podía traer riquezas y prestigio a una ciudad. El engaño colectivo, cuando nace de la mala fe, es una manipulación cruel, una distorsión de la espiritualidad genuina. Los líderes de esas ciudades, al promover la devoción a una falsedad, no solo manipulaban las creencias de su pueblo, sino que también traicionaban lo sagrado.
El problema no es solo el engaño en sí, sino el poder que tiene sobre quienes buscan consuelo. La fe, cuando es usada como herramienta de control, puede ser devastadora. Quienes necesitan creer son especialmente vulnerables, y a menudo, no logran ver cómo son explotados en nombre de lo divino. La mala fe de quienes gestionaron estas reliquias no solo alimentaba el fervor de las masas, sino que consolidaba su poder temporal.
El engaño sin mala fe
Pero, ¿qué ocurre cuando el engaño no nace de la mala fe, sino de la simple necesidad de creer? ¿Acaso las generaciones de monjes y devotos que veneraban el prepucio sagrado de Chartres eran culpables de este engaño? No. En su devoción, encontraban un sentido, una razón para continuar, una fe que les daba esperanza. En ese sentido, no eran víctimas ni verdugos, sino simplemente humanos, buscando, en lo inexplicable, una explicación a lo inexplicable.
El engaño sin mala fe es aquel que, aun siendo falso, no pretende dañar. Es el engaño del mito, de la historia que nos contamos para sobrevivir. Al final, el prepucio de Jesús, real o no, era solo un símbolo. Lo importante no era el pedazo de carne, sino lo que representaba: la cercanía de lo divino, la promesa de redención, la posibilidad de tocar lo intangible.
Reflexión final: La urgencia de la fe
En este mundo de incertidumbres, la fe sigue siendo un refugio. Ya sea en un prepucio sagrado o en el viento que susurra entre los árboles, el ser humano busca creer. A veces, esa búsqueda nos lleva a errores. A veces, nos hace vulnerables al engaño. Pero, al final, esa necesidad de trascender lo mundano es lo que nos impulsa hacia adelante. Y quizás, en esa búsqueda, aunque tropecemos con falsedades, encontramos verdades más profundas sobre nosotros mismos.
Es mejor tener una fe limpia que un ateísmo perverso.
Urdiales Zuazubizkar fundación de letras hipnóticas AC
Muchas gracias por compartir esta columna.








