Por Arturo Vásquez Urdiales
El Valor Extraordinario de la Vida y la Preservación de la Paz
La Parábola del Campesino y las Semillas del Valle de Oaxaca
En un rincón del gran valle de Oaxaca, el valle grande, a un lado del río Atoyac, vivía un humilde campesino conocido por su sabiduría y su amor por la tierra. Este campesino, con manos curtidas por el trabajo y el corazón lleno de esperanza, salió una mañana a sembrar semillas en su parcela, como lo había hecho toda su vida.
Al caminar, lanzaba las semillas con generosidad. Algunas de ellas cayeron en terreno yermo, seco y árido, como el río salado. Sin agua ni nutriente, esas semillas lucharon por crecer, pero el sol implacable las quemó antes de que pudieran echar raíces. Y así, sus brotes se marchitaron rápidamente, desapareciendo en el polvo.
Otras semillas cayeron entre las piedras que bordeaban su campo. Cómo en los basureros de los playones del Atoyac y el de abastos. Entre las grietas lograron asomar pequeños tallos, pero al no tener tierra profunda donde aferrarse, fueron arrastradas por el viento y el agua cuando llegó la primera tormenta. Estas semillas, aunque brotaron con rapidez, no encontraron el sustento para sobrevivir, y fueron barridas de la vista sin dejar rastro.
Pero algunas semillas cayeron en suelo fértil, enriquecido por años de cuidado y esfuerzo, y allí encontraron todo lo que necesitaban para florecer. Con el paso de los días, echaron raíces profundas, creciendo robustas y fuertes bajo el sol del valle. El campesino del gran valle de esta tierra, viendo estas plantas, sonrió con satisfacción, pues sabía que su esfuerzo y dedicación darían frutos abundantes. Y así fue: las plantas en suelo fértil crecieron altas, dieron sombra y alimento, y su abundancia nutrió tanto al campesino como a quienes vivían en su comunidad.
La gente del valle grande, que escuchaba esta historia, preguntó al campesino mitad Zapoteco y mitad Mixteco: ¿Qué significa esto? Y él, con la paciencia de quien entiende el ciclo de la vida, respondió:
"Cuando los ancestros cambiaron el curso del Atoyac para anegar Huaxyacac y hacer el gran lago, la construcción de Mitla y Monte Albán, los Padres Fundadores Mixtecos y Zapotecos miraron el firmamento con los ojos que desde el pasado verían el siglo 21 a través de la larga trayectoria de los genes y dijeron":
"Las semillas son como nuestras acciones y decisiones. Algunas caerán en terreno árido, donde el odio, la violencia y la indiferencia las marchitarán. Otras caerán entre las piedras de la impaciencia y el egoísmo, y se perderán por falta de fundamento. Pero aquellas que caen en suelo fértil, el suelo del amor, la paz y la empatía, crecerán y darán frutos que alimentarán a todos. Depende de cada uno de nosotros preparar la tierra de nuestro corazón, para que cuando sembremos, nuestros actos florezcan y dejen un legado que perdure."
Y así, el valle grande (*) de Oaxaca no solo se convirtió en un lugar de fértil cultivo, sino en un hogar de almas que supieron cultivar con sabiduría, compasión y buen hacer.
(*) Valle grande es la denominación antigua de estas tierras, desde el Huaxyacac hasta entrado el siglo XX, con la Distritación Judicial que denominó genéricamente a cada poblado y su jurisdicción legal.)
Hablemos de Paz
Hablemos de la paz. En tiempos donde el ruido de la violencia parece ensordecernos y donde el grito del odio encuentra eco en corazones endurecidos, es necesario que hagamos un alto. La paz no es un estado pasivo, no es la ausencia de guerra ni un mero concepto utópico reservado para los soñadores. La paz es un acto de creación constante, un esfuerzo colectivo y consciente de valorar la vida, de reconocer la dignidad del otro, de construir puentes donde hay abismos. Cuando buscamos la paz, no solo la deseamos para nosotros, sino también para quienes aún no conocen el valor de vivir sin miedo. La paz es un compromiso de la humanidad consigo misma.
Hablemos de la empatía. Si la paz es el puente, la empatía es el sendero que recorremos para alcanzarla. Es el ejercicio de sentir con el otro, de entender el dolor ajeno como si fuera propio. Empatía es la forma más pura de amor, pues nos permite mirar al mundo desde los ojos de los demás. Es, como decía Martin Luther King Jr., "la capacidad de tener compasión por cada hombre y su necesidad". La empatía nos invita a abrazar no solo a nuestros semejantes, sino también a aquellos con quienes diferimos, a aquellos cuya vida no comprendemos por completo. Porque solo así, al sentir el latido del corazón de otro, aprendemos a valorar el milagro de cada vida, cada instante, cada historia que se entrelaza con la nuestra en este vasto tapiz humano.
Hablemos del buen deber y del buen hacer. Los grandes pensadores y filósofos, desde Aristóteles hasta Kant, nos han enseñado que el deber no es solo una carga que llevamos sobre nuestros hombros, sino una brújula oral que nos guía hacia la virtud. El buen deber es actuar en el nombre del bien común, de la justicia, de la verdad. Y el buen hacer es llevar ese deber a la práctica con actos que construyan, que curen, que siembren semillas de esperanza en terrenos yermos. Es entender que no podemos separar el pensamiento de la acción; que el conocimiento sin ética es inútil y que la ética sin acción es mera palabrería vacía.
Hablemos de lo que piensan los grandes pensadores de estas hipótesis. Confucio, en su sabiduría, nos recuerda que “donde hay justicia, no hay pobreza” y que, al actuar con rectitud y justicia, no solo nos beneficiamos a nosotros mismos, sino que tejemos el entramado de una sociedad más equitativa y más humana. Albert Schweitzer, quien dedicó su vida a la paz y al servicio del prójimo, nos enseña que "la ética es la reverencia por la vida", una afirmación poderosa que nos recuerda que cada vida tiene un valor intrínseco, un derecho a ser vivida plenamente. Incluso el gran Mahatma Gandhi, cuyas acciones hablaron tanto como sus palabras, nos impulsa a ser el cambio que deseamos ver en el mundo.
Hablemos de Dios. En el núcleo de cada religión, filosofía y creencia, encontramos una verdad común: la vida es sagrada. Dios, en su infinita diversidad de nombres y formas, nos enseña que cada ser humano es portador de una chispa divina, de un potencial único para amar, crear, perdonar y sanar. Hablar de Dios es hablar del misterio insondable del universo, del aliento que da vida a todo lo que existe. Dios es la fuente de la paz que anhelamos, la raíz de la empatía que nos une, la voz que clama por el buen hacer en medio del caos. Reconocer a Dios en el otro es la tarea más noble que podemos asumir; es la verdadera religión de la humanidad.
Que este llamado a la paz, a la empatía, al buen deber, y al buen hacer, resuene en cada corazón. Que en medio del ruido del mundo, encontremos la melodía de la vida, el sonido del amor y de la justicia. Y que recordemos siempre, como dijo alguna vez el sabio Rumi:
"Más allá de las ideas de lo correcto y lo incorrecto, hay un campo. Allí nos encontraremos."
Que ese campo sea la paz, y que todos nosotros encontremos el camino hacia él.
Querido hermano del Valle Grande y de las 7 regiones restantes, los 32 estados y los países hermanos de este gran continente, desde la Alaska hasta la tierra del fuego:
Que la semilla del sembrador encuentre en tu alma y espíritu victorioso un campo fértil y fuerte para que los frutos, paz bondad, generosidad, amor y tolerancia, sean entregados a la humanidad como el más grande de los regalos, ahora y por siempre.
Con afecto:
Arturo
Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC
Queridos 3 lectores, los invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores
Amén








