Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

La gran Incógnita y el guerrero herido

 

Para Ian, una operación no es nada.

 

Bienvenido a la Vida!.

 

Camina, hijo mío, aunque duela.

Aunque la piel y los huesos digan que no, aunque el alma esté cansada y el cuerpo arda como una antorcha que no pediste encender.

Camina.

 

Porque el milagro —sí, el verdadero milagro— no es volar, ni vencer, ni comprenderlo todo.

 

Es esto que te ha sido dado: el dolor que prueba que estás vivo.

 

El aliento que aún se mueve dentro de ti como un pequeño dios rebelde que se niega a apagarse.

 

La sangre que sigue fluyendo, terca, fiel, secreta.

 

Los viejos guerreros siux, cuando despertaban con las heridas abiertas y el alma partida en el amanecer helado, decían a los jóvenes sobrevivientes:

 

“No sufras, sólo es dolor.”

 

No era cinismo. Era sabiduría.

 

Porque el dolor no es un castigo.

 

Es la música secreta de los huesos cuando están reparando algo dentro.

 

Es el tambor de guerra que anuncia que sigue habiendo batalla.

 

Y tú, hijo, has sobrevivido.

Estás aquí.

Mitad roto, mitad milagro.

Pero completo.

 

Los antiguos anasazi, en sus ciudades de piedra y cielo, no llamaban a Dios por un nombre humano.

Lo nombraban así: la Gran Incógnita.

 

Y es la Gran Incógnita la que hoy ha permitido que aún respires, que aún sueñes, que aún sientas.

 

No importa si no entiendes por qué.

 

Importa que estás.

 

Tú eres una criatura del universo.

 

Tan legítima como un trueno, como un roble, como la luz que se cuela entre las cortinas.

 

No necesitas justificar tu existencia: ya es sagrada.

 

Y ahora que has vuelto de esa pequeña guerra que fue la operación, ahora que tus cicatrices son señales y no cadenas, ahora que el dolor no te impide soñar, es tiempo de algo más grande.

 

De cambiar.

 

Cambia no por miedo, sino por ternura.

 

Cambia no por castigo, sino por gratitud.

 

Cambia no porque el mundo lo pida, sino porque tú has vuelto a entrar en él con una luz distinta en los ojos.

 

Acaricia tu vida como se acaricia a un animal herido.

 

Con respeto, con silencio, con esperanza.

 

No la fuerces. No la juzgues. No la compares.

 

Los grandes sabios nunca hablaron con arrogancia.

Hablaban con la pausa del que ha estado al borde y ha regresado.

 

Tú también has regresado.

 

Entonces ahora, sin prisa, sin ruido, camina hacia ti mismo.

Mira al cielo.

 

Agradece.

 

Y vive.

 

Porque incluso en este mundo —lleno de farsas, de penas y de sueños rotos—

este mundo que a veces parece tan difícil de amar…

sigue siendo hermoso.

 

Y tú estás en él.

Y eso lo hace más hermoso todavía.

 

Arturo