Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

El dolor

Para el maestro Luis de Guadalupe, con afecto y respeto.

 

Una cama de hospital cambia las dimensiones del mundo.

 

La distancia entre la almohada y un vaso de agua puede convertirse en una travesía.

 

El reloj continúa haciendo su trabajo, pero cada minuto pesa de otra manera.

 

Afuera siguen los negocios, las discusiones y el tránsito; adentro, alguien daría casi cualquier cosa por dormir una hora sin dolor.

 

Hoy, Día Mundial contra el Dolor, conviene acercarnos a esa cama con respeto.

 

La fecha invita a comprender el sufrimiento y a mejorar su atención. También puede ayudarnos a revisar las palabras que pronunciamos ante quien lo padece: algunas acompañan; otras, aun nacidas de una broma, encuentran una herida que no habíamos visto.

 

La expresión «eso te ganas por metiche» tiene su lugar en el humor cotidiano.

 

Convertida en explicación del dolor humano, resulta insuficiente. La prudencia puede ahorrarnos ciertos conflictos; una enfermedad, una pérdida o una neuralgia requieren otra conversación.

 

No tenemos fundamento para afirmar que la mayoría de los dolores se evitarían con ocuparnos exclusivamente de nuestros asuntos.

 

Un niño enfermo, una mujer que acaba de perder a su compañero o un anciano con una fractura no necesitan demostrar que fueron prudentes para merecer consuelo. Incluso cuando una decisión equivocada contribuye a una desgracia, permanece intacta la dignidad de quien la padece.

 

El alivio no debería concederse como premio a la buena conducta.

 

Hay, además, dolores que asumimos al cuidar a otros: la preocupación por un hijo, el cansancio de acompañar una enfermedad, la tristeza de escuchar a un amigo.

 

Amar nos vuelve vulnerables. Una existencia cuidadosamente apartada de todos los sufrimientos ajenos tendría un costo: dejaría a demasiadas personas solas.

 

Para comprender el dolor, la medicina ofrece una primera precisión. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor lo describe como una experiencia sensorial y emocional desagradable, relacionada con daño real o posible en los tejidos, o semejante a la que ese daño produce.

 

La definición incluye la experiencia de la persona, más allá de lo que muestre una lesión.

 

Que un dolor no pueda verse en una radiografía no lo convierte en imaginario. La misma asociación recuerda que el relato de quien lo padece merece respeto y que la imposibilidad de hablar tampoco excluye el dolor. Un recién nacido, una persona con dificultades de comunicación y un animal pueden sufrir sin ofrecernos una explicación verbal.

 

Las divisiones del dolor ayudan a estudiarlo. Por su duración distinguimos el agudo, generalmente vinculado con una lesión o enfermedad reciente, y el crónico, que persiste o reaparece durante más de tres meses. Este último puede convertirse en un problema clínico por derecho propio y requiere una evaluación que considere sus efectos sobre la vida cotidiana.

 

Por su mecanismo, el dolor nociceptivo aparece cuando una lesión o amenaza de lesión en tejidos activa receptores especializados. Puede proceder de la piel, los músculos, los huesos o las articulaciones —dolor somático—, y también de los órganos internos —dolor visceral—. La herida de un dedo y un cólico muestran experiencias distintas dentro de esta familia.

 

El dolor neuropático se debe a una lesión o enfermedad del sistema nervioso encargado de la sensibilidad. Puede sentirse como quemazón o descarga eléctrica. El nociplástico implica alteraciones de la nocicepción sin evidencia clara de un daño tisular o de una lesión nerviosa que explique el dolor. Estos mecanismos pueden coexistir; ninguno autoriza a descalificar al paciente.

 

Estas distinciones describen aspectos diferentes: un dolor puede ser crónico y neuropático, por ejemplo. Su intensidad añade otra dimensión. Las escalas permiten comunicar cuánto duele y observar su evolución, pero las comparaciones entre personas necesitan cautela. La experiencia dolorosa está influida por factores biológicos, psicológicos y sociales.

 

Hay también una diferencia entre dolor y sufrimiento. En el lenguaje de esta reflexión, el primero puede nombrar la experiencia dolorosa; el segundo abarca, además, cuanto amenaza nuestra integridad, nuestras relaciones o nuestro sentido de la vida. Esta distinción sirve para escuchar mejor. Resultaría cruel utilizarla para exigirle a alguien que padezca serenamente.

 

¿Por qué sentimos dolor? En muchas circunstancias cumple una función protectora: nos advierte de un peligro, impulsa a retirar la mano del fuego y favorece el cuidado de una zona lesionada. La nocicepción es la detección y el procesamiento nervioso de estímulos dañinos o potencialmente dañinos; la experiencia de dolor es más compleja y no debe confundirse con esa actividad por sí sola.

 

Las raras condiciones de insensibilidad congénita al dolor muestran lo importante que es esa protección. Quienes las presentan pueden sufrir quemaduras, heridas o fracturas sin advertirlas de la manera habitual. Vivir sin esa señal exige cuidados extraordinarios. La ausencia de dolor no garantiza la ausencia de daño.

 

La capacidad de sentir dolor puede proteger la vida; eso no significa que cada episodio doloroso sea necesario. La alarma puede persistir cuando ya no resulta útil, y el dolor crónico puede perjudicar profundamente el funcionamiento y el bienestar. Comprender su origen evolutivo no obliga a soportarlo sin tratamiento.

Tampoco debemos atribuir una experiencia idéntica a todos los seres vivos.

 

Reaccionar a un estímulo no demuestra, por sí solo, una vivencia consciente de dolor.

 

En los animales, la investigación considera distintos indicios nerviosos y de conducta. Una revisión de la London School of Economics reunió evidencia relevante de sentiencia en cefalópodos y crustáceos decápodos, incluidos pulpos, cangrejos y langostas.

 

Esa investigación ensancha nuestra responsabilidad. La compasión puede aprender a reconocer sufrimientos que carecen de palabras humanas. El perro que protege una pata y el animal que evita una experiencia dañina merecen atención. Nuestra dificultad para comprenderlos debería volvernos más cuidadosos al tratarlos.

 

Cuando el dolor desborda la casa, aparecen las urgencias. Allí se reúnen historias que todavía no tienen diagnóstico: alguien sostiene su abdomen; una hija responde por su padre; una madre intenta tranquilizar a su niño mientras ella misma contiene el miedo. Cada uno ha llegado con la esperanza de que otra persona sepa qué hacer.

 

La clasificación inicial, o triaje, ordena la atención según la urgencia de la intervención. Busca reconocer a quienes necesitan asistencia inmediata y a quienes pueden esperar con seguridad. Esa prioridad clínica explica que las urgencias no funcionen como una fila ordinaria. También exige evaluar con seriedad a cada persona que llega.

 

Esperar atención debe incluir información, vigilancia y un trato digno. Explicar una demora, revisar si la situación cambia y escuchar una queja son actos de cuidado. Para quien sufre, la incertidumbre puede llenar de amenazas hasta el ruido de una puerta.

 

Cuidemos también a quienes cuidan. La enfermera que atiende varias camas, el médico que toma decisiones difíciles y el personal que limpia o traslada pacientes necesitan recursos, descanso y condiciones de trabajo adecuadas. La gratitud hacia ellos debe acompañarse de instituciones capaces de sostener su tarea.

 

Las ambulancias llevan esa tarea hasta el lugar donde la vida se ha interrumpido. Una sirena cruza la ciudad y, dentro, alguien cuenta respiraciones, observa un rostro, prepara una intervención o sostiene una mano. Al abrirles paso participamos, durante unos segundos, en una esperanza que desconocemos.

 

Detrás de ese viaje hay familiares que esperan noticias. También hay trabajadores cuya preparación merece reconocimiento. Una comunidad muestra su cuidado en esos gestos y en decisiones más duraderas: servicios accesibles, personal formado y posibilidades reales de recibir ayuda a tiempo.

 

Aquí vuelve a la memoria aquel gran libro de Jürgen Thorwald, El siglo de los cirujanos. Su recorrido por la historia de la cirugía permite apreciar cuánto esfuerzo humano hay detrás de una intervención que hoy podemos considerar habitual. Leerlo devuelve su hondura a palabras como anestesia, infección y supervivencia.

 

Ayer, 16 de octubre, se cumplieron ciento ochenta años de la célebre demostración pública de anestesia con éter realizada en 1846 en el Hospital General de Massachusetts, en Boston. William Thomas Green Morton administró el anestésico y John Collins Warren efectuó la intervención. Aquel episodio contribuyó decisivamente al desarrollo de la anestesia moderna.

 

Después, los trabajos de Joseph Lister sobre la antisepsia ayudaron a transformar la prevención de las infecciones quirúrgicas. La posibilidad de aliviar el dolor durante una operación y la de reducir sus peligros fueron conquistas diferentes, construidas mediante observación, investigación y cambios en la práctica.

Hay una profundidad moral en esa historia.

 

Cada avance hizo posible cuidar mejor a personas concretas: alguien pudo entrar a una operación con menos terror; una familia recibió de vuelta a quien esperaba. La ciencia también expresa la compasión cuando convierte el deseo de aliviar en conocimiento capaz de hacerlo.

 

La filosofía lleva siglos acercándose a esta frontera. Epicuro, en su Carta a Meneceo, propuso examinar las consecuencias de placeres y dolores: algunos placeres conducen a males mayores y ciertos dolores pueden aceptarse por el bien que permiten alcanzar. Su prudencia invita a pensar nuestras elecciones, sin convertir el sufrimiento en una virtud automática.

Podemos reconocer esa deliberación en una rehabilitación exigente o en una intervención necesaria. También al tomar una decisión difícil para salir de una relación dañina.

 

Su valor depende del bien que buscamos y de las circunstancias; la mera intensidad del dolor no demuestra que estemos recorriendo el camino correcto.

 

Séneca ofrece otra cercanía. En la carta 78 a Lucilio recuerda su propia enfermedad y el alivio que recibió del estudio, de la conversación y del afecto de sus amigos. Entre sus reflexiones antiguas permanece una intuición fecunda: la compañía importa cuando el cuerpo enferma.

 

Podemos recibir esa enseñanza sin exigir una invulnerabilidad estoica. Alguien puede tener fortaleza y llorar; puede conservar su dignidad y pedir ayuda. La persona enferma merece compañía aun cuando esté cansada, tenga miedo o carezca de ánimo para encontrar una frase admirable.

 

Schopenhauer encontró en la compasión el fundamento de la conducta moral: participar en el sufrimiento de otro puede movernos a actuar por su bien. Esa propuesta dirige nuestra mirada hacia una responsabilidad concreta. Frente a una herida, podemos preguntarnos qué cuidado está a nuestro alcance.

 

Viktor Frankl distinguió el sufrimiento inevitable del que puede remediarse.

 

Su reflexión sobre el sentido abre una posibilidad ante lo que ya no podemos cambiar; también reconoce la importancia de evitar el padecimiento innecesario.

 

Buscar tratamiento y transformar condiciones que hacen sufrir forman parte de una respuesta responsable.

Esa posibilidad de sentido necesita ofrecerse con delicadeza. Nadie está obligado a convertir de inmediato su desgracia en una lección. Hay jornadas en que una persona apenas puede sostenerse.

 

Durante ellas, comer un poco, aceptar ayuda o atravesar la noche pueden constituir todo el trabajo que está a su alcance.

 

Después está el dolor del alma. Así nombramos la ausencia, el abandono, la humillación, la culpa, el desengaño y la pérdida de aquello que daba forma a nuestros días. Una silla vacía puede cambiar una casa entera. Hay nombres que siguen llegando a la mesa mucho después de que alguien dejó de sentarse.

 

Cicely Saunders, figura central de los cuidados paliativos modernos, desarrolló la idea de dolor total, que contempla las dimensiones física, psicológica, social y espiritual del padecimiento.

 

Una enfermedad también puede traer temor por los hijos, dificultades económicas, soledad y preguntas sobre el sentido. Atender a la persona requiere reconocer ese conjunto.

 

¿Cómo superar el dolor del alma? La palabra superar necesita paciencia. A veces significa recuperar el sueño; otras, regresar al trabajo, tolerar un recuerdo o volver a disfrutar una conversación.

 

Hay pérdidas que se integran lentamente en la vida. La memoria puede permanecer mientras aprendemos nuevas formas de habitar el día.

 

El duelo tiene expresiones distintas y no sigue necesariamente etapas ordenadas. Hablar con alguien de confianza, recibir apoyo y plantearse tareas pequeñas puede ayudar.

 

Cuando la tristeza o la ansiedad se intensifican, afectan la vida cotidiana o resultan difíciles de sobrellevar, conviene buscar atención profesional. Pedirla es una forma de cuidado.

También podemos nombrar lo que necesitamos con palabras sencillas: «hoy me cuesta estar solo», «necesito que me escuches», «ayúdame con esto». Quien acompaña puede ofrecer algo concreto: una visita acordada, comida preparada, ayuda con un trámite. A veces el consuelo empieza cuando otra persona se hace cargo de una tarea que parecía imposible.

 

La escritura, la música y la oración pueden ofrecernos lugares donde expresar lo que todavía no sabemos decir. Su valor puede ser pequeño y profundo: una página que recibe nuestra tristeza, una melodía que permite llorar, una plegaria que reúne las fuerzas dispersas.

 

Recuperar un instante de alegría también requiere permiso interior. Quien ha perdido a alguien puede sentir culpa al reír por primera vez. Sin embargo, conservar el amor admite que la vida vuelva a ofrecernos momentos buenos. Podemos llevar a nuestros muertos hacia el porvenir mediante lo que cuidamos, lo que contamos y lo que todavía somos capaces de dar.

 

Y Dios permanece en esta conversación, con toda la hondura de la pregunta que el dolor abre. ¿Cómo reconciliar el sufrimiento del inocente con la bondad divina? La fe puede sostener esa interrogación sin apresurarse a cerrarla. Frente a quien padece, una explicación pronunciada demasiado pronto puede pesar más que el silencio.

 

El libro de Job conserva esa dificultad. Sus amigos intentan explicar su desgracia desde una supuesta culpa; al final, Dios reprende lo que han dicho acerca de Él (Job 42,7). Una lectura compasiva nos previene contra la facilidad de juzgar al sufriente.

 

La desgracia de otro no nos concede conocimiento sobre los designios de Dios.

En el Evangelio, ante el hombre ciego de nacimiento, Jesús rechaza la alternativa que atribuía su condición al pecado de él o de sus padres (Juan 9,1-3).

 

Ese pasaje nos llama a revisar cualquier relación automática entre enfermedad y culpa.

 

Podemos acercarnos a la persona antes de pretender explicar su destino.

 

Ante la tumba de Lázaro, el relato dice: «Jesús lloró» (Juan 11,35). Hay en esas palabras una inmensa compañía para el creyente. El llanto tiene lugar dentro de la fe; el amor conoce la tristeza de una ausencia.

 

Quien llora puede encontrar allí permiso para presentarse ante Dios tal como está.

La parábola del buen samaritano añade una respuesta hecha de actos: acercarse al herido, atenderlo, transportarlo y procurar que continúe recibiendo cuidado (Lucas 10,25-37).

 

A mi juicio, esa secuencia ofrece una orientación luminosa para nuestros hospitales, nuestras calles y nuestras casas.

 

Recordar a Dios puede mover nuestras manos hacia quien necesita alivio. Puede llevarnos a rezar junto a una cama y a procurar que lleguen los medicamentos; a pedir fortaleza y a ofrecer descanso al cuidador; a guardar silencio cuando faltan palabras y a permanecer cuando la visita se vuelve difícil.

 

Mi oración sería sencilla: Padre, acompaña a quien esta noche teme cerrar los ojos. Da claridad a quienes lo atienden y descanso a quienes lo cuidan.

 

Acerca ayuda a quien todavía espera. Enséñanos a reconocer la necesidad que pasa cerca de nosotros y a responder con ternura.

 

Al maestro Luis de Guadalupe le diría, con afecto, que su reflexión abre una conversación mucho más grande. La prudencia tiene un lugar valioso en nuestra vida.

 

Junto a ella necesitamos conocimiento, compasión y disposición para acompañar los sufrimientos que ninguna cautela alcanza a impedir.

 

Quisiera un porvenir con menos dolor evitable: hospitales donde se escuche, ambulancias que lleguen a tiempo, tratamientos accesibles y hogares donde alguien pueda decir que está triste sin avergonzarse.

 

Ese porvenir empieza en decisiones públicas, en trabajo científico y también en la manera en que hoy nos tratamos.

 

Razonamiento Urdiales hipnótico:

 

Ante el dolor, deseo conservar la inteligencia para buscar alivio, la humildad para pedir ayuda y la fe para seguir amando. Cuando me corresponda acompañar a otro, que encuentre en mí unas manos dispuestas y un lugar donde descansar su miedo. Que Dios nos conceda caminar hacia días más luminosos y ayudarnos, mientras llegan, a atravesar esta noche.