Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo David Vásquez Urdiales

El general Dumas: el hombre que cabalgó antes de Montecristo

Semillas de girasol  del español en castellano

El vertiginoso trayecto de la eñe

 

 

Antes de que Alejandro Dumas imaginara a D’Artagnan, antes de que Athos, Porthos y Aramis cruzaran la literatura con capa, espada y amistad; antes de que Edmond Dantès fuera enterrado vivo en una prisión injusta para renacer como el conde de Montecristo, hubo un hombre real, de carne, sangre, honor, furia y tragedia: Thomas-Alexandre Dumas Davy de la Pailleterie.

 

No fue solamente el padre de Alejandro Dumas.

 

Fue el origen de una llamarada.

 

Fue el caballo antes del relámpago.

 

Fue la herida verdadera que después la literatura convirtió en aventura, justicia, venganza, cárcel, fuga y resurrección.

 

Thomas-Alexandre Dumas nació el 25 de marzo de 1762 en Saint-Domingue, la antigua colonia francesa que hoy conocemos como Haití.

 

Su padre fue Alexandre-Antoine Davy de la Pailleterie, noble francés; su madre, Marie-Cessette Dumas, una mujer esclavizada de ascendencia africana.

 

Allí empieza la contradicción feroz de su destino: hijo de un aristócrata y de una esclava; nacido bajo el orden colonial, pero destinado a convertirse en uno de los soldados más extraordinarios de la Revolución francesa.

 

Nació donde los imperios sembraban azúcar y recogían dolor.

 

Nació en una tierra hermosa y sometida, bajo un cielo caribeño que veía pasar barcos, cadenas, mercancías humanas y fortunas europeas. Pero hay destinos que no obedecen la sentencia de su cuna. Algunos nacen en la noche y, sin embargo, traen escondido un sol.

 

Su padre lo llevó a Francia cuando era adolescente. Antes, en una de esas páginas turbias que parecen escritas por la peor tinta de la historia, lo empeñó o vendió temporalmente para costear su propio regreso. Después recuperó al muchacho, lo llevó a la metrópoli y allí Thomas-Alexandre recibió una educación propia de joven noble: equitación, esgrima, modales, elegancia, disciplina. El muchacho venido de la plantación entró en París no como sombra, sino como aparición: alto, fuerte, hermoso, de presencia imponente.

 

Pero no quiso vivir únicamente como hijo de marqués. En 1786 se alistó en el ejército francés como simple soldado. Pudo haber usado el nombre aristocrático de su padre, pero eligió el apellido de su madre: Dumas. Ese acto fue más que una firma. Fue una declaración de memoria. Fue entrar al mundo por la puerta materna. Fue decir, sin proclamas, que la sangre negada también funda linaje.

 

La Revolución francesa abrió una grieta inmensa en Europa. Cayeron títulos, temblaron tronos, ardieron privilegios, se encendieron palabras que todavía hoy queman en la boca: ciudadanía, igualdad, libertad, república. En ese incendio, Thomas-Alexandre Dumas ascendió con velocidad prodigiosa. Pasó de soldado raso a oficial, de oficial a general, de general a comandante de ejércitos.

 

Llegó a mandar decenas de miles de hombres. La biografía moderna recuerda que, hacia los 32 años, recibió el mando de un ejército de más de 50,000 soldados. Era una ascensión casi imposible: un hombre nacido esclavizado, de madre africana, mandando tropas francesas en el corazón militar de Europa. La historia, cuando quiere avergonzar a los prejuicios, suele escoger ejemplos imposibles.

 

Fue general del Ejército de los Alpes. Combatió en montañas, pasos helados, campañas durísimas. En Italia ganó fama de valor físico casi legendario. Los enemigos austriacos lo apodaron “el Diablo Negro”. Lo veían aparecer como fuerza de choque, como jinete de acero, como una presencia que no se rendía. Los franceses lo compararon con Horacio Cocles, aquel héroe romano que defendió un puente contra los enemigos de la ciudad.

 

Pero Dumas no era sólo fuerza. Era honor. No era únicamente músculo y espada. Era convicción republicana. Creía que la gloria militar debía servir a Francia, no a la vanidad de un caudillo. Y allí comenzó su choque con Napoleón Bonaparte.

 

Napoleón era genio, cálculo, ambición, arquitectura de poder. Dumas era arrojo, franqueza, dignidad republicana. Ambos podían admirarse en el campo de batalla, pero no podían pertenecer al mismo altar. Uno quería que Francia caminara detrás de su nombre. El otro pensaba que ningún hombre, por grande que fuera, debía estar por encima de la nación.

 

En la campaña de Egipto, Dumas fue comandante de caballería. Allí, bajo el sol abrasador y las arenas antiguas, las diferencias con Napoleón se volvieron abiertas. Dumas criticó la expedición y la deriva personalista del futuro emperador. Se le atribuye una idea moralmente inmensa: los intereses de Francia debían estar antes que los de cualquier individuo, por grande que pareciera.

 

Esa frase, amable lector, era dinamita.

 

Porque Napoleón podía tolerar muchas cosas: derrotas temporales, intrigas, aduladores torpes, enemigos externos. Pero no toleraba fácilmente que alguien le recordara que Francia era más grande que Bonaparte.

 

En 1799, enfermo, cansado y desencantado, Dumas abandonó Egipto en una embarcación en malas condiciones. El barco tuvo que detenerse en territorio del Reino de Nápoles, enemigo de Francia. Allí fue capturado y encerrado en Tarento. Pasó cerca de dos años prisionero, aislado, maltratado, debilitado, sometido a la incertidumbre y al abandono.

 

Ese cautiverio no fue una anécdota. Fue una semilla oscura.

 

Años después, su hijo Alejandro Dumas escribiría El conde de Montecristo, la historia de un hombre injustamente encarcelado, sepultado en vida, traicionado por fuerzas más grandes que él, obligado a renacer desde las ruinas. La novela no es una copia exacta de la vida del general Dumas, pero sí lleva su sombra profunda. La prisión de Edmond Dantès tiene detrás la prisión del padre. La sed de justicia del personaje tiene detrás la herida familiar. El encierro ficticio nace, en parte, de un dolor verdadero.

 

Cuando Thomas-Alexandre Dumas volvió a Francia, ya no encontró la Revolución luminosa que lo había elevado. Encontró a Napoleón consolidando poder. Encontró nuevas jerarquías, nuevos silencios, nuevas exclusiones. Pidió reincorporarse al servicio militar. No se le devolvió el mando. Su salud estaba quebrada. Su carrera, destruida. Su país, ingrato.

 

Murió el 26 de febrero de 1806, en Villers-Cotterêts. Tenía apenas 43 años. Su hijo Alejandro era todavía un niño. La viuda quedó en dificultades económicas. El Estado no pagó como debía la deuda moral y material con aquel hombre que había servido a Francia. El pequeño Alejandro Dumas creció oyendo la historia de un padre inmenso y despojado: un soldado republicano, un héroe traicionado, un hombre que había vencido montañas y terminó vencido por la ingratitud.

 

Aquí entra el Premio Pulitzer.

 

En 2012, el escritor e investigador Tom Reiss publicó The Black Count: Glory, Revolution, Betrayal, and the Real Count of Monte Cristo. El título puede traducirse como El conde negro: gloria, revolución, traición y el verdadero conde de Montecristo. La obra reconstruyó, con documentos, cartas, archivos militares y una investigación de largo aliento, la vida de Thomas-Alexandre Dumas. En 2013, ese libro ganó el Premio Pulitzer de Biografía o Autobiografía.

 

El Pulitzer es uno de los reconocimientos más prestigiosos del mundo literario y periodístico estadounidense. No premia solamente belleza verbal; premia investigación, rigor, arquitectura narrativa, valor documental, capacidad de iluminar una vida y devolverla a la conversación pública. Que The Black Count haya ganado el Pulitzer significa que la historia del general Dumas dejó de ser una curiosidad para especialistas y entró, con justicia, al gran tribunal de la memoria.

 

El jurado reconoció en aquella obra la historia poderosa de un héroe olvidado, de raza mixta, cuyas hazañas fueron recogidas y transfiguradas por su hijo en novelas célebres del siglo XIX. Es decir: el Pulitzer ayudó a confirmar lo que la intuición literaria ya sospechaba. Detrás de Montecristo había un padre. Detrás de la aventura había una injusticia. Detrás del mosquetero había un soldado verdadero. Detrás de la novela había una vida.

 

También Los tres mosqueteros conserva algo de Thomas-Alexandre Dumas: la fraternidad de las armas, el honor como forma de caminar, el gesto audaz, la espada como prolongación de la conciencia. Alejandro Dumas no inventó desde el vacío. Nadie inventa desde el vacío. Escribió desde una casa donde el padre muerto seguía cabalgando.

 

La posteridad tampoco fue justa de inmediato. En 1913 se levantó en París una estatua del general Dumas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis la destruyeron y fundieron el bronce. Era como si otra vez quisieran borrarlo. Primero lo borró Napoleón del reconocimiento militar. Luego lo borró la pobreza. Luego lo borró el prejuicio. Luego lo borró el metal fundido de la guerra.

 

Pero hay hombres que no caben en el olvido.

 

Hoy Thomas-Alexandre Dumas vuelve a levantarse. Ya no solamente como “el padre de Alejandro Dumas”, sino como lo que fue: uno de los grandes comandantes de la Francia revolucionaria, un hombre nacido bajo la esclavitud que llegó a mandar ejércitos, un soldado negro en el corazón de una Europa que no sabía todavía mirarlo con justicia.

 

Su vida tiene implicaciones filosóficas inmensas.

 

La primera es que el origen no clausura el destino. Nacer bajo una injusticia no significa estar condenado a repetirla. Hay vidas que contradicen el acta de nacimiento. Dumas nació en un mundo que lo quería mercancía y terminó siendo general. Nació en una plantación y terminó en los Alpes. Nació bajo el signo de la esclavitud y terminó encarnando, con espada en mano, la palabra libertad.

 

La segunda implicación es que la historia oficial suele ser más pequeña que la vida real. Los monumentos seleccionan. Los libros escolares recortan. Los gobiernos agradecen mal. Pero la memoria profunda trabaja bajo tierra, como raíz de ahuehuete. Tarda, pero vuelve. A veces regresa como biografía. A veces como novela. A veces como una columna leída por alguien que descubre que el mundo era más grande de lo que le contaron.

 

La tercera es que toda injusticia busca un narrador. Si el general Dumas no recibió en vida el reconocimiento que merecía, su hijo lo convirtió, directa o indirectamente, en materia de eternidad. La literatura no siempre repara los daños, pero los ilumina. No devuelve los años perdidos, pero impide que los verdugos tengan la última palabra. La literatura es una forma de justicia tardía.

 

La cuarta es que el poder teme al hombre que no se arrodilla interiormente. Dumas no chocó con Napoleón por falta de talento. Chocó porque no quiso reducir la patria a la ambición de un solo hombre. Ese conflicto sigue siendo actual: ¿sirve el Estado a la dignidad humana o la dignidad humana debe inclinarse ante el Estado? ¿Sirve el soldado a la nación o al ego del caudillo? ¿Sirve la ley a la justicia o sólo al expediente del vencedor?

 

En Thomas-Alexandre Dumas hay una lección para todos los siglos: la grandeza verdadera no consiste en mandar, sino en conservar el alma mientras se manda. No consiste en vencer, sino en no volverse indigno al vencer. No consiste en tener estatua, sino en merecer memoria aun cuando la estatua sea destruida.

 

Su historia tiene la forma de una espada rota y de una antorcha encendida. Nació en una colonia esclavista. Llegó a París. Venció en los Alpes. Desafió a Napoleón. Fue encerrado sin gloria. Murió joven, pobre, enfermo, olvidado. Pero su hijo, con tinta de volcán, lo convirtió en materia secreta de eternidad.

 

Porque a veces la literatura hace lo que los gobiernos no hacen: devuelve nombre a los vencidos, abre puertas de calabozo, levanta del polvo a los padres y les pone, por fin, un caballo blanco frente al horizonte.

 

Thomas-Alexandre Dumas no fue una nota al pie de Alejandro Dumas.

 

Fue la herida original.

 

Fue el general.

 

Fue la sangre antes de la tinta.

 

Fue Montecristo antes de Montecristo.

 

Y en esta semilla de girasol del español en castellano, queda sembrado su nombre otra vez: Thomas-Alexandre Dumas, el comandante francés que cruzó la historia con la frente alta, mientras el futuro, todavía invisible, afilaba para su hijo una de las plumas más poderosas de todos los tiempos.