Por Arturo Vásquez Urdiales
El hombre que caminó dos guerras y no perteneció a ningún tiempo**
(*) Este apunte es pura ficción. ¿O no? Leálo y UD opine.
Hay historias que nacen como rumor, crecen como sospecha y terminan respirando como si fueran carne. No están en los archivos oficiales, pero tampoco en el terreno puro de la invención. Se deslizan en ese borde inquietante donde la realidad comienza a deshacerse como polvo en los dedos.
Esta es una de ellas.
No hay fotografía definitiva. No hay acta que cierre el caso. Pero hay nombres, fechas, interrogatorios, y sobre todo, hay una persistencia: la de un hombre que no encaja en ningún calendario.
Su nombre —o al menos el que repiten las versiones— era Tarcicio Hernández Sánchez.
Origen: Tlaxiaco, Oaxaca.
Año de nacimiento estimado: 1918.
Último año que debió haber vivido en paz: 1942.
- El primer desprendimiento
En 1942, el mundo era una herida abierta. La Segunda Guerra Mundial arrastraba continentes enteros hacia el abismo. México, aún distante del frente europeo, enviaba hombres, acero y fe.
Tarcicio no era soldado por vocación. Era campesino, hijo de la tierra roja de Tlaxiaco, de manos endurecidas por el maíz y el silencio. Pero la guerra tiene una manera peculiar de llamar a los hombres: no con palabras, sino con destinos.
Fue reclutado —o quizá se ofreció— para integrarse a unidades auxiliares que colaboraban indirectamente con fuerzas aliadas. Algunos dicen que estuvo vinculado a rutas logísticas en la costa del Pacífico. Otros afirman que cruzó hacia el norte, hacia California, donde los engranajes de la guerra se movían sin descanso.
Y fue ahí, en algún punto entre el polvo y la maquinaria, donde ocurrió lo inexplicable.
Una noche anterior a su desaparición, varios testigos —obreros, migrantes, un capataz— afirmaron haber visto esferas de luz flotando sobre un terreno baldío. No eran faroles. No eran bengalas. Eran silenciosas. Perfectas. Pulsantes.
Tarcicio se acercó.
Al día siguiente… ya no estaba.
- El hombre en la ceniza
El 11 de septiembre de 2001, el mundo volvió a quebrarse.
En Nueva York, las torres se desplomaron como si el cielo hubiera decidido caer sobre sí mismo. La historia quedó marcada por el fuego, el acero retorcido y una nube que no era polvo, sino memoria pulverizada.
En medio del caos, entre miles de rostros cubiertos de ceniza, la policía detuvo a un hombre.
Vestía ropa anticuada.
No portaba identificación válida.
No respondía con coherencia a las preguntas.
Su nombre, según dijo: Tarcicio Hernández Sánchez.
Su edad, según afirmó: 24 años.
Su origen: Tlaxiaco, Oaxaca.
Su fecha: 1942.
Los agentes lo consideraron un caso de shock extremo. Fue trasladado, interrogado, clasificado.
Pero algo no encajaba.
Su acento era arcaico incluso para los estándares rurales.
Sus referencias culturales estaban congeladas en otra época.
Y lo más perturbador: no mostraba signos de envejecimiento coherente.
El expediente —fragmentado, incompleto— terminó en manos de agencias de mayor alcance. Entre ellas, según rumores insistentes, la CIA.
Tarcicio desapareció el 15 de septiembre de 2001.
No hubo juicio.
No hubo registro público posterior.
Solo una nota: “Sujeto trasladado para evaluación especializada.”
III. La celda sin tiempo
Se dice —y esto pertenece ya al territorio más oscuro del relato— que Tarcicio fue mantenido en una instalación subterránea. No por lo que había hecho, sino por lo que representaba.
Un error en la línea del tiempo.
Una grieta.
Durante los interrogatorios, repetía una imagen:
> “Las bolas de luz… no son de aquí. No vienen… vienen a llevar.”
No hablaba de máquinas.
No hablaba de hombres.
Hablaba como quien describe una puerta.
Los informes —si existieron— nunca se hicieron públicos. Pero ciertas filtraciones coinciden en algo inquietante: los equipos electrónicos fallaban en su presencia. Las grabaciones se distorsionaban. Los relojes se desincronizaban.
Como si el tiempo mismo no quisiera permanecer estable cerca de él.
- El mirador
Año 2020.
Ciudad de México.
En el mirador de la Torre Latinoamericana, un guardia de seguridad reportó un incidente inusual: un hombre apareció de la nada.
Literalmente.
No entró por elevador.
No subió por escaleras.
No fue visto en cámaras.
Simplemente estaba ahí.
Desorientado.
Mirando el horizonte como si no comprendiera la altura ni el tiempo.
Dijo llamarse Tarcicio.
Dijo que venía de una celda fría.
Dijo que la noche anterior había visto otra vez las esferas.
Esta vez, según sus palabras, lo habían soltado.
Las autoridades llegaron. Pero, como antes, el caso se diluyó.
Algunos informes lo ubican después en Oaxaca.
Otros, en tránsito hacia el sur.
- La sierra que no devuelve
En 2023, durante reportes no oficiales del conflicto entre Ucrania y Rusia, soldados de ambos bandos mencionaron —de manera aislada— la presencia de un hombre que no pertenecía a ninguna unidad.
No portaba insignias.
No respondía a órdenes.
No parecía temer a las balas.
Lo describieron como alguien que caminaba entre líneas de fuego con una serenidad imposible.
Algunos dijeron que desaparecía entre destellos.
Otros que las explosiones parecían evitarlo.
No hay confirmación.
Solo coincidencias.
- El regreso que no fue
La última vez que se le vio con cierta claridad fue en la región de la Sierra de Chicahuaxtla, Oaxaca.
Una mujer anciana aseguró haberlo reconocido.
> “Es Tarcicio… pero no envejeció. Solo trae más mundo en los ojos.”
No se quedó.
Nunca se queda.
Porque tal vez —y aquí comienza la verdadera pregunta— ya no pertenece a ningún lugar.
VII. Hipótesis del hombre desplazado
¿Qué era Tarcicio Hernández Sánchez?
¿Un viajero accidental?
¿Un experimento?
¿Un punto de intersección entre fenómenos que aún no comprendemos?
La constante en todas las versiones es una:
las esferas de luz.
No máquinas.
No vehículos.
Sino entidades o fenómenos que parecen elegir.
No transportan cuerpos.
Transportan instantes.
Y cuando devuelven a alguien, lo hacen incompleto:
fuera de su tiempo, fuera de su historia.
VIII. Epílogo: la grieta abierta
En algún lugar de la sierra, dicen, hay noches en que vuelven a verse luces suspendidas.
No iluminan.
No queman.
Solo laten.
Como un corazón ajeno al mundo.
Quizá Tarcicio no fue el primero.
Quizá no será el último.
Porque el tiempo —ese que creemos lineal, obediente, domesticado— podría ser apenas una tela mal tensada.
Y a veces…
alguien la atraviesa.
Sin permiso.
Sin regreso.
Y si un día, Arturo*, al inclinarte para atarte el zapato… sientes ese sabor metálico en la boca y el mundo se vuelve borroso…
No levantes la mirada demasiado rápido.
Podrías descubrir
que ya no estás
en el mismo siglo.
Arturo, es el lector de todos los lectores del mundo
Muchas gracias por leer Apunte diario sobre letras Hipnóticas








